"Microsoft no es malo. Es sólo que hacen sistemas operativos... realmente malos"  (Linus Torvalds, creador de Linux)
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Corrige automáticamente la hora de tu PC en Windows y Linux sin darle a Microsoft en el gusto

Dado que estamos tan terremoteados, el gobierno decidió que a “quien madruga Dios le ayuda” y postergó el inicio del horario de invierno hasta el sábado 3 de abril en todo el país.

La forma más sencilla -tanto en Windows como en Linux- es instalar un parche, así te aseguras que el próximo mes no debas hacer nada.

En Linux este proceso es automático, pero al parecer Microsoft decidió que hacerlo tan sencillo era aburrido, así que debes inscribirte, esperar un correo, bajar el archivo, poner una contraseña… y hacer todo rápido porque la clave caduca con el tiempo.

Para aguarle la fiesta a los soquetes de Microsoft pusimos un tutorial y los parches para descarga directa en el sitio de @biobio.

Ahora salgan rápido de esta página, ya que se autodestruirá en 5… 4… 3…

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Toque de queda

Caminar de noche por una ciudad con toque de queda es una sensación extraña. Caminar por una que además es tu ciudad tras ser devastada por un terremoto, es más extraño aún.

Cuando era niño allá en los 80, los toques de queda eran cosas malas. Separaban a los padres de los hijos y, pese a ser muy pequeño, de alguna forma sabía que cuando las puertas se cerraban, cosas horrendas sucedían allá afuera. Cosas que me hacían tener pesadillas.

Curiosamente, ahora los toques de queda son la única forma que tenemos para dormir en paz. Las patrullas militares resguardan esquina por medio, garantizando que los saqueadores no volverán a hacer de las suyas y dándole a Concepción cierto aire de combate urbano que ya se lo querría una secuela de Splinter Cell o Metal Gear Solid.

Caminar por una ciudad caída y en toque de queda es tétrico. Tiene un aire fantasmagórico recorrer a las 21 horas calles que sólo un par de semanas atrás eran vías vibrantes, ahora sólo capaces de reverberar mis propios pasos.

Sin embargo también me hace pensar que al igual como cuando al retirar la decoración de un local comercial muchas veces se descubren los letreros o señas de sus primeros dueños, Concepción también ha dejado ver sus inicios como pueblo, con sus calles oscuras que perfilan la luna sobre el cerro Caracol y unas estrellas tan profusas como nunca pudieron verse mientras las luces de la ciudad brillaban sobre el horizonte.

Sólo espero no tener tiempo de acostumbrarme.

Concepción. 21 horas. El camino que elegí no fue por gusto, sino el único disponible para llegar a casa evitando las zonas en peligro de derrumbe.

(Y sí, por supuesto que tenía salvoconducto).

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Del cielo a la tierra

A poco más de una semana del terremoto, resulta casi imposible pensar en una forma de contarles cómo mi vida y la de todos quienes me rodean ha cambiado de forma irreversible.

Mi ciudad está devastada. No hay cuadra en la que no se haya derrumbado una construcción, una fachada o cuando menos esté salpicada de escombros que cayeron desde las cornisas y ventanas. La mitad de los vecindarios continúan a oscuras y sólo algunos han recuperado el agua potable. Del gas, ni hablar.

El supermercado o el restaurante chino donde a diario comprábamos el almuerzo ya no existen. Los que resistieron fueron arrasados por los saqueadores, quienes no sólo acabaron con lo que el sismo dejó en pie, sino también con el poco temple que a la gente le quedó tras aquella madrugada de terror.

Al menos 6 edificios de altura respetable amenazan con venirse abajo en la proxima réplica. El flamante Alto Río no tuvo tanta suerte: se partió en dos y sus fauces de concreto atraparon a casi un centenar de personas que dormían junto a sus familias. El cuerpo de una de ellas todavía no es encontrado.

Sobre el río Bío-Bío y descontando el ferroviario, sólo 1 de los 3 viaductos que lo cruzaban sigue en pie, aunque con daños y con una sola de sus cuatro pistas habilitada mediante el apoyo de un puente mecano. Cruzar la frontera de Arauco volvió a ser algo tan engorroso como en tiempos de la colonia.

Así y todo creo que en Concepción la sacamos barata. Nuestro puerto hermano, Talcahuano, quedó inutilizado, donde el maremoto inundó poblaciones enteras e incluso arrojó barcos en las calles, como una feroz advertencia de que en este mundo es la naturaleza la que manda.

En Lebu, el amplio río que dio trabajo durante siglos a los pescadores se secó. La casa de Violeta Parra en San Carlos y de Arturo Prat en Ninhue sufrieron daños rayanos en la demolición. La Intendencia -otrora estación de trenes- no tiene vuelta y se estudia si es posible rescatar el mural de Gregorio de la Fuente que ilustra nuestra historia.

Dichato, Llico y otras bellas localidades costeras fueron barridas del mapa.

Muchas personas -incluyendo la hermana de una querida amiga- murieron. Algunas cayeron bajo los escombros. Otras, arrastradas por el mar. Quizá nunca sepamos con exactitud cuántas.

Pero frente a tanta destrucción, frente a un cambio del eje de mi mundo del que no era necesario que la NASA me alertara, mi corazón se apaña en una extraña mezcla de sentimientos.

Por un lado siento un dolor enorme por las pérdidas. Por ver los mismos lugares que acompañaron mi infancia arrumbados, acordonados y resguardados por militares. Por lidiar cada día con la angustia de cientos de personas que llegan hasta nosotros para decirnos que no tienen comida, agua ni medicamentos, o que aún no conocen el paradero de algún familiar.

Por otro, siento una rabia enorme. Porque día a día, afloran cada vez más evidencias de que esta tragedia tuvo muertes y daños innecesarios, evitables, si sólo se hubiera actuado con previsión, con rapidez o tan siquiera con competencia.

Siendo de izquierda, puedo decir responsablemente que el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet cargará por siempre con la culpa de abandonarnos en la necesidad, con el mezquino fin de resguardar su capital político. Es algo que muchos penquistas jamás olvidaremos.

(Pero ya llegará el momento de ahondar en ello).

Porque por sobre todas las cosas, siento un orgullo y un agradecimiento enorme. Un cariño como nunca lo sentí por Bomberos, por Carabineros, por los funcionarios de la PDI y por las Fuerzas Armadas, muchos de los cuales pasaron hasta 3 días sin dormir, sin ver (o incluso saber) de sus familias, en resguardo de la salud y la seguridad de la gente.

Curiosamente, tuvieron que pasar 37 años para que tener nuevamente al Ejército en las calles diera fin al estigma de las Fuerzas Armadas y los convirtiera -para nosotros- en un símbolo de esperanza.

Un agradecimiento impagable por quienes nos han enviado su ayuda. Por los camiones que llegaron desde Atacama a Tomé, o desde Punta Arenas a Coronel y Lota. Por las ambulancias del SAMU de Puerto Montt que recorrieron nuestras calles o por el regimiento de Osorno que recuperó el control de Arauco. Para ellos simplemente… gracias.

Y claro, la mayor admiración es por mis colegas. Por quienes lo dejaron todo para estar ahí, comunicando a la gente o dándoles una palabra de tranquilidad. Por quienes se mantuvieron frente a los micrófonos pese a haber perdido sus casas, a no haber dormido o a desconocer el paradero de sus hijos. Quienes lograron lo que la autoridad no pudo: decir con firmeza que saldremos adelante.

Los finales son un nuevo inicio. Concepción volverá a ponerse en pie.

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Estoy bien

Hola a todos, corto y rápido: Estoy bien, tengo serios problemas de comunicación por eso no doy señales de vida. Estoy trabajando en radio Bío-Bío, aunque no tenemos los servicios básicos pero bien, en cuanto pueda más información. Gracias por sus llamadas, mi celular está inestable por eso no logro contestar. Un abrazo a todos.

*Este mensaje fue publicado por Juan Pablo Aqueveque a solicitud de FT.

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La Pulpa

Tiempo atrás, mi amigo Carlos me contó que en su población existía una viejita a cargo de un almacén a la que todo el barrio apodaba “La Pulpa”.

Monedas

El apelativo de la veterana no tenía ninguna relación con el hentai, sino con su particular estrategia comercial que le llevaba, ineludible e invariablemente, a tratar de apropiarse del vuelto de quien asistiera a comprar en su local.

Así, cuando un cliente echaba en falta parte de sus monedas, la anciana sólo fingía una exclamación de sorpresa, culpaba a su edad por el “olvido” y entregaba el botín. No importaba: cuando fueras por pan al día siguiente, volvería a sacar mal las cuentas.

La historia vino a mi cabeza el mes pasado cuando una factura de Telefónica del Sur levemente más alta de lo acostumbrado llamó mi atención. En su detalle figuraba un nuevo cargo: 700 pesos extra por una tal “mantención garantizada“, que se duplicaba al asignarse tanto a mi servicio de telefonía como al de Internet.

Pronto, comprobé que en realidad se trataba de un seguro que -sin consultar- la empresa había cargado a sus clientes para que, en la eventualidad de que el perro decidiera comerse tu router, ellos lo reemplazaran sin cobrarte.

Toda una consideración de su parte, que ya había tenido oportunidad de rechazar cuando era cliente de Telefónica Chile y que esta vez tampoco dejaría pasar.

Sin embargo no me daría el pique a la sucursal de Telsur en vano. Bombardeado por promociones, hace tiempo me extrañaba que mi plan de telefonía ilimitada + Internet de (supuestos) 4 megas siguiera costando 38.000 pesos mensuales. Antes de llegar decidí consultar en Movistar y descubrí que ellos prestaban el mismo servicio por 33.500 pesos.

Ahora serían ellos los que acabarían trasquilados.

- Vengo por 2 cosas -dije inspirando- ustedes me cargaron un servicio que yo no pedí y además me están cobrando más que otra compañía por el mismo servicio.

La ejecutiva miró la cotización que me dieron en Movistar, luego hojeó una carpeta con infinidad de promociones y descubrió que -casualmente- mi plan ahora costaba lo mismo.

- ¿Y entonces por qué no me lo habían rebajado antes? -protesté.
- Porque usted no lo solicitó -respondió ella.

(Probablemente Telsur evita así que una horda de clientes furiosos destruya sus sucursales porque les rebajaron el precio de su plan sin consultarles).

- Pero la “mantención garantizada” me la cargaron sin preguntar.
- Se informó en su cuenta de noviembre.
- Pero no lo autoricé. Se supone que no pueden asumir que yo…
- Según el reglamento de Telecomunicaciones -me interrumpió- las empresas tienen la facultad de hacer cargos de valor agregado con sólo informar al usuario.
- Pues me parece una actitud bastante flaite de su empresa.
- No conozco ese término, señor -dijo casi robóticamente.
- Rasca, ordinaria, mala clase, baja, vil…
- Pero no es ilegal.
- Lo legal no necesariamente es ético -retruqué picado.
- Bueno, si gusta puede formalizar un reclamo en…

Acabé por firmar el papel para que me rebajaran el plan -desde el mes subsiguiente- y anularan el cobro de la mantención garantizada… el que volvió a aparecer este mes.

Sin embargo la reflexión del asunto es agria. En Chile, comúnmente debemos llamar o acudir a las empresas para defendernos de cobros indebidos, servicios no solicitados, comisiones o reajustes que no se traspasan (cuando son a la baja, claro).

Recordando casos similares con Telefónica Chile, Telmex, Almacenes París, Sodimac o Ripley, nunca he entendido esa tendencia de nuestro empresariado a la ganancia pequeña, mezquina. Esa que le reditúa minucias a costa de la confianza de sus usuarios.

Aunque en realidad no son tan pequeñas. Hacia 2008, Telsur tenía 220.000 abonados a telefonía y 71.000 a Internet. A 700 pesos por nuca, la jugada le reporta potenciales 203 millones de pesos mensuales… sin siquiera moverse de su escritorio.

Es un robo hormiga corporativo, donde las víctimas somos nosotros.

La premisa es que en vez de proponer, se impone y, al igual como la anciana de la historia recurría al ardid para ganarse unas monedas extra, las empresas constantemente buscan nuevas formas de meter la puntita. Por si pasa.

Hey. Quizá el apelativo sí se relacionaba con el hentai después de todo.

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