El gato que llegó en Navidad

Ocurrió en vísperas de Navidad. En aquella época, venía saliendo de un periodo de depresión y me había hecho el hábito de pasear los fines de semana, al caer la tarde, por el poco concurrido casco histórico de Concepción, antes de que el terremoto de 2010 arrasara con sus fachadas.

Pasaba frente a las ruinas de una construcción incendiada cuando lo vi. Era un gato adulto, blanco con gris, que yacía arrimado en un rincón. Me llamó la atención que no huyera a mi paso. Los gatos suelen ser en extremo recelosos de los extraños -o bien sumamente confiados y acercarse- pero este no hizo ninguna acción, salvo emitir un maullido débil y lastimero.

Era evidente que algo andaba mal con él. Al acercarme noté que su pelaje estaba sucio y magreado, quizá tanto como su propio dueño, cuya piel era sólo una excusa para unir un atado lánguido de huesos.

Me conformé con algunas caricias y seguí caminando, pero no fue fácil quitarme su imagen de criatura resignada a la muerte y poco más adelante compré unas rebanadas de jamón, las que engulló con dificultad.

Mientras lo observaba me pregunté por su origen. La casa frente a la que hacía guardia parecía haberse quemado hacía poco, a juzgar por las tablas y muebles inservibles arrumbados en la calle. ¿Pudo ser que los dueños se fueran y lo dejaran a su destino, quizá dándolo por muerto? No había forma de saber.

Lo único cierto era que si lo dejaba allí el gato moriría, ya fuera por enfermedad, inanición o por algún perro que quisiera adelantar el trabajo. Así que lo tomé y casi sin ninguna resistencia, me lo llevé a casa.

Al día siguiente, el veterinario me confirmó que el animal era la verdadera representación de lo que significaba “estar para el gato”: toda una serie de males, infecciones e incluso una plaga de pulgas aquejaban al pobre felino, al punto que el médico me preguntó si realmente estaba dispuesto a invertir lo necesario en un paciente con aquel pesimista “pronóstico reservado”.

Por aquel entonces, un revés personal me tenía de vuelta en casa de mis padres, y aunque no podríamos decir que nadara en dinero, haciendo sacrificios podía disponer de algo. En realidad, había tomado la decisión de que si en algo valía la pena gastar mis recursos era en tratar de salvar una vida. Aunque fuera la de un gato.

Volví a casa cargado de remedios, vitaminas e indicaciones a cumplir cada dos horas, los 7 días de la semana, a las cuales el animal se entregaba dócilmente. Lo instalé en una habitación trasera, con una ventana a la cual le daba el sol gran parte de la tarde, y donde él se echaba a dormir durante todo el día.

Poco a poco y contra todos los vaticinios, el gato se fue recuperando. No sé si alguna vez lo habrán hecho, pero arrebatarle alguien a la muerte y ver como progresa un poco cada día es una de las sensaciones más satisfactorias que pueden existir. De la cadencia, el gato había pasado a saltar alegremente de un lado a otro y, en lo que fue toda una señal de renacimiento, a ronronear.

Le llamamos Taz debido a su recién descubierto comportamiento endemoniado. Perseguía a otros gatos como si el recinto fuera su exclusividad, y defendía su comida como si fuera la última. Sin embargo al comprender que no era necesario competir con nadie por ella, comenzó a dulcificar su carácter. Pronto se convirtió en el regalón de la casa, compartiendo amigablemente con los demás animales (claro, castrarlo también ayudó).

Dicen que los gatos son sibaritas que saben disfrutar las cosas buenas de la vida y Taz era uno de sus mejores representantes. En invierno descubrió rápidamente el placer de extenderse cuando largo era frente a la estufa y, cuando alguien hacía saltar una pelota con cascabeles por el pasillo, era el primero en lanzarse contra ella.

Pero sus mayores manifestaciones de alegría las reservaba para mí. Siempre que llegaba a casa me pedía, con semblante juguetón, que le tomara en brazos. Y como si quisiera dejar en ridículo a todos quienes consideran a los gatos seres traicioneros o mal agradecidos, se volcaba en un festival de mimos y langüetazos contra mi cara, en una actitud más propia de un perro que de un aristócrata egipcio.

Nunca le gustó mucho salir, quizá porque ya había tenido suficiente calle en su sino. Prefería arredrarse sobre el cojín de una silla, junto al computador, donde fingía dormir mientras yo trabajaba a su lado.

Por desgracia, la muerte no soporta que la burlen durante mucho tiempo. Para la Navidad del año siguiente, Taz había vuelto a enfermar, esta vez con más virulencia que antes. Incluso el veterinario parecía confundido, limitándose a recetar paliativos que daban cada vez menos efecto.

Su viveza dio paso nuevamente a la languidez, mortificada por una infección en la boca que le hacía dar aullidos cada vez que intentaba comer. Aún así, seguía apegado a mí, demostrando su afecto cada vez que su salud se lo permitía.

Una noche, antes de terminar el año, se negó a seguir tomando agua desde la jeringa con la cual se la proporcionaba. Había decidido que era suficiente.

Le preparé una cama mullida sobre un pequeño canasto de mimbre. Allí acomodé su cuerpo flácido como un ovillo, con su vista fija hacia mí, como había hecho durante 365 noches.

A la mañana siguiente Taz estaba inmóvil, respirando fatigosamente. Movió sus ojos vidriosos para regalarme una última mirada y quietamente, como si hubiera expirado su alma en un suspiro, nos abandonó.

Lo sepulté en el patio de mi casa, durante una tarde de verano plena de ese sol que tanto amaba. Había evadido durante un año a la muerte, que finalmente se hartó de aplazamientos y volvió para reclamarlo.

Pero durante aquel año no sólo había sido intensamente feliz, sino que lo había demostrado. Para mí, su recuerdo siempre será una lección de agradecimiento, no sólo hacia quienes nos rodean, sino también a esa victoria cotidiana que significa cada segundo en que nos aferramos a la vida.

Heather (CC)

Heather (CC)

El blog más exitoso del mundo

Cuando hablamos de blogs, hay 2 preceptos que jamás olvido.

El primero lo leí hace varios años. Tantos, que ya no recuerdo dónde. Se trataba de una ley respecto de los autores de una bitácora, y traducida del inglés, decía algo así como “la cantidad de veces que actualizas tu blog es inversamente proporcional a lo interesante que marcha tu vida”.

Por entonces la frase se me antojó bastante patética, ya que yo actualizaba mi blog cuando no diariamente, varias veces al día. Pero claro, eran otros tiempos. Tiempos en que mi trabajo no alcanzaba a satisfacer mi sed de escritura. Tiempos en que sentía la necesidad de demostrarle a los demás -y a mí mismo- muchas cosas. Tiempos difíciles en que la pantalla se convertía en el medio ideal de desahogo o, simplemente, de demostrar que me sentía solo.

Pero los tiempos cambian. En 2008 ingresé a trabajar a Radio Bío-Bío en Concepción y eso gatilló de forma progresiva algunos de los proyectos más importantes de mi vida, incluyendo el conocer a quien más tarde se convertiría en mi polola; más adelante, mi novia y; si todo sale bien, dentro de algunos días, mi esposa.

Sí, mi vida se puso interesante. Y este blog lo resintió.

Algunos de ustedes me hicieron saber con cariño que extrañaban los artículos de antaño y muchas veces motivaron darme el tiempo de lanzar alguna resurrección mensual. Otros me hicieron saber con mucho menos tino que -de alguna forma desconocida- yo tenía la obligación de actualizar para ellos. Un razonamiento divertido pero que, aún así, era una triste evidencia de lo abandonado que tenía este sitio.

Varias veces evalué cerrar el blog y con él, una etapa.

Sin embargo nunca me resolví a hacerlo. Y fue reflexionando poco después de año nuevo que descubrí no sólo la razón de eso, sino la razón por la que -al menos voluntariamente- nunca voy a hacerlo.

Se trata del segundo precepto. Uno que durante años sólo fue mi respuesta irónica ante la insistencia de algunos colegas en reportear “¿cuál es la receta para tener un blog exitoso?”.

En aquellos tiempos me hacían esa pregunta con mucha más frecuencia. En realidad, como actualmente no me la hacen en absoluto, queda claro que “exitoso” era en realidad una asociación a “popular”. Por eso, esperaban escuchar cosas al estilo de “publica sobre temas contingentes, expone tus puntos con claridad, incentiva al lector a debatir…”

Sin embargo, mosqueado, yo sólo retrucaba: “un blog exitoso es aquel que te hace feliz”.

Lo creía genuinamente. Lo sigo creyendo ahora. La respuesta la inspiró un pequeño blog anónimo al que no recuerdo cómo caí, que el autor dedicaba a relatar las cosas triviales que hacía durante el día (no, aún no había Twitter en ese entonces). En su encabezado, ponía: “Este blog tiene como fin compartir mis vivencias con mis 4 mejores amigos”.

Notable precisión, pues cada entrada no tenía más de 4 comentarios. Pero cada uno de ellos era la evidencia del cumplimiento cabal de la finalidad de la bitácora. Era el blog más exitoso que haya visto… pese a que nunca más me interesó volverlo a leer.

Algo similar me pasa con mi propio blog. Porque pese a su abandono y a que -comprensiblemente- gran parte de la comunidad que congregaba se ha marchado, su sola existencia contribuye a mi felicidad. A saber que tengo un espacio realmente mío para escribir cuando lo desee, sin presiones editoriales ni comerciales, sea dentro de un día, dentro de un mes, de un año o de diez.

Aquí seguirá mi blog. Como ese libro favorito que espera pacientemente en nuestra biblioteca casera que un día nos decidamos a releerlo, con sus páginas cargadas de historia, pero con la diferencia de que una bitácora tiene la potencialidad de ser extendida. De seguirse escribiendo hasta el infinito.

Este año me he propuesto volver a escribir aquí con más frecuencia, como un desafío personal. También me he propuesto implementar algunos cambios que he rumiado desde hace tiempo. Quizá lo regrese a sus orígenes en el análisis de medios, bajo la herededa premisa del “Qué no has notado hoy” de McLuhan. O quizá haga de él algo nuevo. He pospuesto hace mucho explorar mi veta literaria, que ya en algunas ocasiones se ha filtrado en estas páginas virtuales.

Quizá no le haga nada. Quizá mezcle todo un poco.

Pero pase lo que pase, siento esa cálida seguridad de que este seguirá siendo mi blog. El blog más exitoso del mundo. El que me hace feliz.

Una bolsa de gatos

A propósito del debate que se está suscitando en nuestro país sobre la necesidad o no de aplicar la eutanasia (matar, sin eufemismos) a los perros y otros animales abandonados, recorriendo la prensa internacional me topé con una noticia que me llamó la atención, más por los detalles que la rodeaban que por el hecho en sí mismo.

Imagen: Stephen Eastop (SXC)

Imagen: Stephen Eastop (SXC)

Sucede que en un portal de Nueva Zelanda, una de las principales noticias de portada era el abandono de 10 gatitos en las afueras de un Supermercado, en la localidad de Wellington (y no, no estaba en la sección de “Curiosidades”, sino en “Nacional”, junto con un juicio por abuso sexual y un accidente de tránsito).

No se trata de que en Nueva Zelanda nadie abandone gatitos. Según explica el mismo artículo, la Sociedad Protectora de Animales local (SPCA) recibe cerca de 1200 felinos al año en sus dependencias, sobre todo tras la temporada de apareamiento (como referencia, se estima que sólo en Santiago hay más de 214.000 perros en las calles).

¿Cuál es la diferencia? Que el abandono -en este caso, múltiple- se considere un hecho de tal relevancia que pueda llegar a ocupar un lugar de prominencia en la prensa. En Chile nos hemos acostumbrado tanto a esta “práctica” que cualquier medio que publicara una nota así haría el soberano ridículo.

Pero al parecer, Nueva Zelanda se toma muy en serio el combate al abandono. Contrario a Chile donde ni siquiera se considera delito, allá tomar la vía fácil para deshacerse de una mascota es un delito penado con 6 meses de cárcel y/o una multa de 25.000 dólares neozelandeses. Eso es, más de 9 millones de pesos

Sin embargo cuando se abandona un animal en estado de vulnerabilidad -como en el caso de estos gatitos- se considera maltrato, por lo que el castigo puede ir hasta 5 años y/o 100.000 dólares locales… algo así como 37 millones de pesos, lo que hace la crueldad nada de rentable.

Y para terminar de sorprendernos el problema gatuno tuvo una rápida solución, ya que cuando llegaron los oficiales de la SPCA descubrieron que un grupo de niños se estaba llevando la canasta con los cachorros porque querían quedarse con uno. Sorpresa: los funcionarios tuvieron que decepcionar a los pequeños porque la ley obliga a que todo animal denunciado en abandono sea inspeccionado y cuidado antes de entregarlo en adopción.

Sí, en Chile nos falta mucho por avanzar, pero los cambios de mentalidad -precisamente los más difíciles- se construyen lentamente y nosotros vamos hacia adelante. Por ejemplo, una amiga me comentaba hace un tiempo que, leyendo la prensa, le parecía notar que cada vez habían más casos (y más atroces) de crueldad contra los animales.

En mi opinión es al revés: el maltrato animal siempre ha existido, pero hace 20 ó 30 años ningún medio de prensa se molestaba en publicar un evenenamiento masivo con estricnina o a un sujeto que haya molido a palos a su perro. Hoy esos casos nos horrorizan y tienen espacio en los medios, creando -lenta pero progresivamente- conciencia de que el maltrato es repudiable.

Pero falta acompañarlo con señales concretas, aquellas donde sólo los legisladores pueden encargarse de decirle a la sociedad que la irresponsabilidad al tener una mascota no sólo es reprochable, sino que te costará caro, muy caro. Y esto porque sólo la tenencia responsable de mascotas puede ayudarnos a terminar no sólo con el sufrimiento de los animales, sino con el riesgo que un perro puede representar cuando ha sido maltenido o dejado a su suerte y del que ya conocemos sus tristes consecuencias.

Mientras no comprendamos eso, Chile seguirá siendo lo que es ahora: una bolsa de gatos. Y no de los tiernos.

El bus donde no viajabas

Ocurrió el último fin de semana largo en Los Ángeles, tras pasar algunos días de descanso en casa de mi novia. Como suele ocurrir por esas fechas, el terminal de buses estaba atestado de gente, con una verdadera multitud abalanzándose en busca de una máquina que los trasladara… más aún si no habías tenido la precaución de reservar tu boleto a tiempo.

Empleado de Pullman Jota Be en Los Ángeles

Empleado de Pullman Jota Be en Los Ángeles

Alcé la vista y descubrí a un costado el bus Jota-Be que me correspondía, subiendo con dificultad por la gran cantidad de personas que, como se preveía, viajarían de pie. Pero yo tenía mi pasaje, por lo que tras ahuyentar con un gesto hosco a quien se había esperanzado en obtener mi asiento, me dejé caer sobre la tapicería deseando llegar lo antes posible a Concepción.

Desde luego, mis pretensiones se vieron tempranamente saboteadas: en la escalinata del bus, el chofer mantenía una discusión con un hombre de polera naranja que llevaba el rótulo de Pullman (matriz de la empresa), quien presionaba al conductor para hacer subir la mayor cantidad posible de gente al bus.

- ¡Pero hombre! Nos van a pasar un parte los pacos – se quejó el chofer.
- Tay we’iando. Si todas las máquinas están saliendo reventadas hoy día – justificaba el hombre de naranjo mientras le daba el pase a otra veterana para subir.

Rápidamente el ambiente del bus se hizo insufrible. La gente comenzó a murmurar que era un abuso, que era peligroso, o simplemente que por la codicia del encargado, ya llevábamos 15 minutos de retraso en salir.

Discusión entre empleados de Jota-Be

Abajo, el auxiliar se unió al chofer en la protesta, creo que más preocupados por la posibilidad de una multa que del riesgo vial. Sin embargo el sujeto de naranja era inflexible e insistía en meter a cuánta persona por metro cuadrado pudiera acomodarse dentro de la maquinaria.

Eso ya era el colmo. Indignado, hice lo que cualquier otro ciudadano con cojones haría: tomar discretamente fotografías del involucrado con mi celular para hacer la denuncia en el MTT.

Esto no se iba a quedar así. Ya me van a conocer… apenas llegue a Concepción.

Pero el padre de un joven pasajero que acababa de llegar no se conformó con el murmullo de queja, con la impaciencia o con inmortalizar la patética escena. Tras señalarle al hombre de naranja que no dejaría viajar a su hijo así por el riesgo que involucraba, llamó a Carabineros. Con viento fresco, los hombres de verde hicieron evacuar totalmente la máquina de pasajeros en pie, para frustración del encargado de Pullman que se quedó con las manos vacías en el andén viendo cómo partíamos.

Aquello me hizo sentir muy avergonzado.

Y para aumentar el agravio, las fotos que iban a constituir mi denuncia continuaron reposando en mi teléfono hasta hoy, cuando una veintena de muertos en la ruta de Santiago a San Antonio llegaron de la peor forma a recordármelo.

Es tras estos casos impactantes que solemos descargar nuestra rabia con las autoridades y su falta de fiscalización, o con las empresas y sus faltas a las normas laborales o incluso a las normas mínimas de seguridad, sin embargo… ¿cuánto hacemos nosotros al respecto?

¿Cuántas veces somos pasajeros inmutables frente a máquinas cargadas como camiones de ganado, a las que viajan a exceso de velocidad o que incluso desconectan los registros? ¿Cuántas veces toleramos con indiferencia estos abusos, deseando que alguien más hiciera lo que nosotros deberíamos hacer?

En La Radio hemos publicado incontables denuncias de pasajeros contra líneas que no respetan a sus propios pasajeros -Línea Azul y Tur-Bus se repiten con frecuencia- sin embargo y para mi sorpresa, muchos usuarios simplemente las dejan pasar con desdén. “¿Acaso eso es noticia?”. “No sean acusetes”, objetan otros.

No. Lo peor que nos puede pasar es acostumbrarnos tanto a las faltas de seguridad en nuestro transporte (o el de nuestras familias) que ya no nos importen. Desentendernos de que para tener el derecho a viajar con seguridad, primero tenemos el deber de exigirlo tanto a las autoridades como a las propias empresas.

En mi siguiente a mi viaje, como una señal de lo que pudo haber ocurrido ese fin de semana largo, pasamos lentamente frente a un bus que yacía volcado en la ruta Concepción-Cabrero. Había chocado frontalmente con un automóvil, muriendo el conductor del vehículo. Por fortuna la máquina trasladaba pocos pasajeros y sólo hubo unos pocos lesionados.

En la Autopista del Sol no tuvieron tanta suerte.

El mundo es de los vivos

Los grupos de Facebook son cosas muy curiosas. La gente los crea indiscriminadamente bajo cualquier pretexto o circunstancia. En muchos casos se convierten en el eslabón más bajo en la cadena solidaria… ya saben, pulso “Me gusta” y automáticamente somos 17 millones de chilenos cavando. Cosas así.

Sin embargo de ahí a que esa trivialidad conceda el derecho de aprovecharse de la buena intención de los incautos para lucrar, hay un trecho bastante largo. Uno que se llama “moral”.

Esto es lo que pasó con el grupo Fuerza y Apoyo, que en días posteriores al terremoto de febrero de 2010, comenzó como una forma de canalizar la angustia y solidaridad (virtual) de la gente hacia quienes se vieron afectados por el movimiento telúrico. No digamos que su existencia le haya cambiado la vida a alguien, pero el que superara la no despreciable cifra de 1 millón de seguidores no deja de convertirlo en un memorial de cierto respeto.

Pero claro, 1 millón de personas es también una cifra demasiado tentadora como para dejarla pacer eternamente entre homenajes a Topo Gigio y la constancia de que yo tampoco pude abrir la ventana de la micro. Es así como al menos uno de los administradores -Sebastián Milos, gerente general de Ludik.cl- decidió dar un golpe de timón y cambiar el rubro del grupo, convirtiendo automáticamente a ese millón de usuarios en fans de su último proyecto: Fuerza y Apoyo… a la Cultura Chilena.

www.facebook.com/fuerzayapoyo

www.facebook.com/fuerzayapoyo

Por supuesto, los seguidores más cercanos del grupo se indignaron y comenzaron a gritar por todas partes que Milos se arrancó con los tarros, apropiándose del espacio (y sobre todo, de su base de usuarios) con un fin para el que no fue creado. Por su lado, el aludido se defiende alegando que no le robó el grupo a nadie, pese a que comprende la molestia de algunos usuarios, quienes ya hicieron su protesta desde la PDI hasta CNN Chile… en fin.

Chimuchina.

Lo único cierto es que, en su página corporativa, Milos ya promueve el grupo de Facebook junto a sus otros proyectos comerciales, sin hacer mención alguna de que nació y sirvió como terapia grupal de quienes se vieron directa o indirectamente tocados por la tragedia.

Dudo que el tema sea para denunciarlo a la policía, pero démosle una vuelta más: ¿es aceptable que tomes un grupo increíblemente grande (y por ende, valioso) de usuarios, aunados con una finalidad social, para luego aprovecharlo en tu beneficio?

¿No habría sido más coherente -más simple incluso- crear un espacio aparte y hacer una invitación desde el grupo original? ¿No habría sido -por último- más justo enviar primero un mensaje a los usuarios advirtiendo que se iba a cambiar la finalidad del espacio, para que los ausentes que no estuvieran de acuerdo retiraran su aprobación del mismo?

Al parecer la tentación nubla la cordura, en el mundo de los vivos.

Arreglado: Pidgin no encuentra el certificado de Messenger omega.contacts.msn.com

Hace días me venía empelotando un mensaje de error en mi programa de mensajería instantánea, Pidgin. En vez de conectar a mi cuenta de Windows Live Messenger (aka Messenger, aka MSN), me dejaba una cara de finado diciéndome que el certificado omega.contacts.msn.com era inválido, por lo que no podía conectar.

Out of service...

Out of service...

Ni idea de qué trata el cuento, pero mientras esperamos a la próxima actualización, en un foro de Taringa, que a su vez sacaba la solución desde WebUpd8, dieron una forma de resolverlo bastante simple:

1. En Pidgin (obvio), ve al menú Herramientas > Certificados.

2. Selecciona omega.contacts.msn.com y pulsa Borrar.

3. Descarga este archivo (sí, hombre, está libre de virus).

4. En el mismo cuadro de Certificados, pulsa ahora Añadir.

5. Carga el archivo del paso 3.

6. Cuando te pregunte el nombre, escribe omega.contacts.msn.com

Ya estamos casi...

Listo. Ya puedes poncear nuevamente con tus amiguitos.

Citar es bueno para la salud (diga 33)

Uno de los primeros acuerdos que tomamos junto a nuestro equipo cuando lanzamos el nuevo sitio web de Radio Bío-Bío, fue que, además de no copiar textos, siempre citaríamos cuando obtuviéramos una información desde otro medio, sin importar si este era extranjero o nacional.

Pero la idea no era sólo decir desde cuál medio la habíamos obtenido, sino que siempre que fuera posible (y en el 90% de las ocasiones lo es), citaríamos incorporando el vínculo al artículo original, en el entendido de que en una era de hipertexto, el usuario tiene derecho a recurrir de inmediato a la fuente que originó una noticia y examinarla por sí mismo.

Teníamos la esperanza de que otros medios se subieran al carro y esparcieran esta llama pero, a excepción de El Mostrador y ocasionalmente Publimetro, la verdad es que no nos han pescado mucho. Lejos de las citas directas que hace The New York Times a The Wall Street Journal (algo tan impensable en Chile como que La Tercera cite a El Mercurio), ya nos conformamos con que al menos digan en alguna parte que nos usaron como fuente, incluso si va mal escrito.

Sin embargo me gustaría insistir en los beneficios de citar directamente -sí, con vínculo y todo- a otros medios, ya que además de ser justo y ético viene a ser bueno también para la salud periodística… y así evitarse bochornos que a uno le ocurren cuando trata de pasarse de listillo.

Tomemos como ejemplo a los amigos de Emol.

Este lunes en la mañana, el comidillo de las redes sociales era que la irreverencia de South Park iba a dedicar un capítulo al rescate de los 33 mineros con la participación especial del presidente Sebastián Piñera. Emol se convirtió en la fuente oficial del tema, hasta con declaraciones de uno de los creadores de la serie, replicándolo a toda su constelación de Estrellas regionales.

Emol (Antes)

Emol (Antes)

Interesados, fuimos hidalgamente a acogernos al descubrimiento de Emol, sin embargo nuestra búsqueda por datos adicionales nos dio indicios de que algo no calzaba, confirmando pronto que se trataba sólo de una broma publicada por un usuario en los foros de Portalnet, basada en un capítulo antiguo de la serie donde figura un político estadounidense (que por cierto, dibujado tiene la misma cara de vivaracho que Piñera).

Pero fuera de que Emol no se haya molestado en verificar la noticia (de hecho, estaba copiada textual del foro), nos sorprendió otro detalle: en Portalnet aparecíamos citados nosotros como fuente, en una elegante triquiñuela para darle mayor apariencia de veracidad al tema.

Y aquí es donde quería llegar, porque si los amigos de Emol -creyendo que la noticia era real- compartieran la práctica de citar desde la fuente, habrían buscado el supuesto artículo en nuestro sitio, percatándose de que estaban cayendo en una treta.

Así, e instantes después de que nosotros nos engolosináramos desmintiendo el tema, Emol cambió la redacción informando que en realidad sólo andaba una broma circulando sobre el debut de Piñera en el mágico mundo de los dibujos animados.

Emol (Después)

Emol (Después)

La moraleja para los futuros periodistas: chicos, no tengan miedo a citar. No sólo es ético, no sólo es justo con sus colegas, sino que además es una forma excelente de comprobar si una información es verídica (o al menos deslindar responsabilidad en el idiota que cayó antes que ustedes).

Porque claro, todos hemos caído alguna vez (y seguiremos cayendo) en más de algún error de prensa; pero una cosa es cometer una justa equivocación con toda la información sobre la mesa, y otra caerse -simplemente- porque no quisiste mirar primero dónde estabas metiendo la mano.

Cuando los políticos eran inteligentes

Tiempo atrás, leí un libro de Enrique Lafourcade que llevaba ese título. Su premisa era simple: los políticos siempre han sido patacheros, carreteros, interesados (cuando no corruptos) y chambones, sin embargo existe un pequeño detalle que separa a los estadistas de siglos pasados de nuestros actuales… bueno, de esos sujetos que se sientan en el Congreso.

Imagen: Christian Córdova (CC)

Imagen: Christian Córdova (CC)

Es que los políticos de antes eran inteligentes.

O mejor dicho astutos. Sagaces. Lo suficientemente hábiles para que no notaras que te estaban cagando o incluso, si te percatabas, sentir que te la habían hecho en buena lid. De esas en que asumes con hidalguía que, ante un intelecto superior, merecías que te cagaran.

Pero esas son épocas pretéritas. Ahora nuestros políticos ni siquiera se molestan en tratar de engañarte. Desde luego los tiempos son más sencillos: si te pillan robando, simplemente lo devuelves. Si te destituyen, te postulas a otro cargo. Si no tienes idea de cómo lograste llegar al Congreso, te metes a la Comisión de Ciencia y Tecnología. Cosas así.

Y para muestra, un botón.

La semana pasada, recibimos en @biobio una foto denuncia sobre cómo en la comuna de San Pedro de la Paz, comenzaban a levantarse 4 pilares metálicos alrededor del monumento al pueblo mapuche denominado Rucapillán.

Se trata de una receta conocida: anuncias que vas a restaurar una edificación pública y, durante el lapso que dure, forras la estructura con avisos comerciales. Si alguien alega, dices que la publicidad es la que financia el proceso, aunque durante meses los vecinos no vean un solo maestro cerca acarreando una brocha, como sucedió durante los eternos 6 meses de “restauración” que tomó pintar uno de los monumentos que da la bienvenida a Talcahuano.

Por supuesto y a sabiendas de esto, alguien puso el grito en el cielo y nos mandó las fotos, advirtiendo que se iba a poner publicidad sobre un memorial cuya temática, además, resultaba sensible para una buena parte de la población (sin mencionar su cercanía a las pantallas -supuestamente utilitarias- que viven pasando réclames).

Ante el revuelo, el Municipio sampedrino nos envió un comunicado que trashumaba molestia, desmintiendo los fines publicitarios de los pilares, asegurando que se usaría en “propaganda para establecer la restauración del patrimonio cultural” e incluso reprochando que no se usaran los canales de comunicación edilicios para evitar lo que denominaba, “interpretaciones erróneas”.

Bueno, para evitarlo, lo reprodujimos íntegro al pie de la nota.

Sin embargo, este lunes recibimos nuevas imágenes destacando que, en efecto, el monumento había amanecido forrado en avisos no de la renovación, sino del proceso de admisión de una conocida casa de estudios local (cuyas iniciales empiezan con Universidad de Concepción) y donde, ciertamente, no se aprecia a ningún restaurador.

Otra vez, y con justa razón, las fotos desataron la ira de muchos vecinos de San Pedro.

Pero a mí, lo que en verdad me llama la atención es la torpeza del proceso.

Alcalde… si el avisaje efectivamente financia la restauración, ¿por qué no lucirlo en el cartel? Más aún, si éste es de la Universidad de Concepción, ¿por qué no se conseguió algún director de arte o antropólogo (de preferencia mujer, y mejor aún, rica) que sonriera en él bendiciendo el proceso? Y si todo está dentro de los planes, ¿por qué no transparentarlo presentando las fechas de inicio y entrega sobre el condón publicitario?

Ni siquiera es requisito que sea cierto. Fínjalo. Aparéntelo. Hágamelo creer. En resumen, al menos haga el esfuerzo de insultar mis capacidades: no asuma que no es necesario.

Pero esas son prácticas arcaicas.

Resabios de cuando los políticos eran inteligentes.

Por cierto, ¿les mencioné que una funcionaria del mismo municipio señaló que había pocas posibilidades de instalar un semáforo frente a un concurrido colegio porque aún no moría ningún niño?

Señor… recógelos esta noche.

El último oso de los Pirineos

Los medios y las campañas de ambientalistas nos advierten sobre el riesgo de extinción de muchas especies con tanta frecuencia, que nos acostumbramos a pensar en ello como algo distante e incluso improbable.

Camille | 20Minutos.es

Camille | 20Minutos.es

Sin embargo eso es precisamente lo que acaba de ocurrir con el oso de las montañas del Pirineo en Europa, cuyo último ejemplar, llamado Camille, murió en algún momento de los últimos meses.

Se desconoce la fecha exacta de su deceso pues su actividad era monitoreada mediante cámaras automáticas que, con regularidad, tomaban fotos para seguir sus pasos. Sin embargo la última instantánea de Camille fue registrada el 5 de febrero, por lo que tras casi 9 meses de ausencia, los expertos han afirmado que su muerte está prácticamente certificada.

La historia del último oso de los Pirineos resulta especialmente triste, ya que vagaba solo por la montaña desde que en 2004, su compañera Cannelle muriera por los disparos de un cazador furtivo francés, quien fue condenado a pagar 10.000 euros (casi 7 millones de pesos) de multa, cuenta el informativo 20 Minutos.

Pero ya nada se podía hacer. A partir de entonces la vejez de sus 20 años y una extraña enfermedad que le había hecho perder el pelo en su parte posterior lo mantenían cansado y debilitado. De hecho, la imagen muestra la preparación para el último invierno de Camille, tras cazar un jabalí a fines de 2009.

Actualmente el gobierno francés trabaja para reintroducir artificialmente la especie a partir de 20 ejemplares eslovenos, sin embargo se enfrenta a la oposición de los ganaderos locales, para quienes la extinción del último oso del Pirineo podría considerarse -casi- un símbolo de progreso.

No le digas adiós al teléfono: escríbelo

Cuando Alexander Graham Bell comenzó a promover aquella maravillosa invención que le robó a Meucci llamada teléfono, pocos pensaron que pudiera convertise en algo más que un juguete. La mayoría sólo le veía futuro como una diversión de feria, mientras otros se espantaban ante la sola posibilidad de utilizarlo.

“¿Qué persona decente instalaría un aparato como ese en su hogar? Sería como dejar la puerta abierta para que entrara cualquiera, a cualquier hora, en tu casa”, recuerdo haber leído en un testimonio de la época.

Lo curioso es que, 150 años más tarde, pareciera tener razón.

Esta de una de las conclusiones que se desprende del estudio realizado en conjunto por la consultora Nielsen y el Wall Street Journal, los que, tras analizar las cuentas telefónicas de 60.000 suscriptores de EEUU, hicieron algunos hallazgos sociológicos previsibles, pero no por eso menos sorprendentes.

(Eso, además de ratificar que las telecomunicaciones son un gran negocio).

Foto: Sven Golz en Stock.Xchng

Foto: Sven Golz en Stock.Xchng

Según la investigación, las llamadas telefónicas hechas durante los últimos 3 años cayeron un 25%, contra un alza espectacular del envío de mensajes de texto (SMS). De hecho, se calcula que un adolescente de entre 13 y 17 años promedia la friolera de 3.339 mensajes enviados o recibidos al mes. Y los adultos no lo están haciendo peor: un hombre entre 45 y 54 años interactuó con 323 SMS durante el último trimestre de 2010, es decir, un alza de 75%.

Sin embargo lo realmente interesante va de la mano a una encuesta aplicada a 2.000 estudiantes de educación superior. Sus visiones respecto de la diferencia entre hablar o enviarse mensajes y la forma en que este hábito cambia su forma de comunicarse e incluso de pensar, son esclarecedoras.

Por ejemplo, una veinteañera de Boston señala que prácticamente nunca se llaman por teléfono entre sus amigas. “Si llego a llamar a alguien tendría que ser por algo urgente. De otra forma se convierte en algo grosero e invasivo”, confiesa.

La situación parece confirmarla un profesor, quien cuenta cómo un operador telefónico regaló 10 de sus aparatos más modernos para un proyecto estudiantil. “Han tomado fotos, han publicado en nuestro blog e incluso han tuiteado, pero dudo que uno solo de los alumnos haya hecho una llamada desde uno de esos teléfonos”, aseguró el docente.

La referencia a las redes sociales no es de extrañar: según el estudio, el principal operador telefónico de EEUU, AT&T, cursó 400 millones de mensajes informando actualizaciones desde redes sociales en octubre de 2009. Para septiembre de 2010, esta cifra se alzó hasta 1.000 millones de mensajes.

Esta necesidad de estar constantemente comunicados en frases cortas también está afectando nuestra forma de relacionarnos. Quizá se hayan descubierto a sí mismos mirando las pantallas de sus teléfonos para evitar el contacto visual, o la interrupción de una cena en familia para revisar si hemos “recibido algo”… una actitud creciente que, por cierto, no escapa al ojo de esos agudos observadores sociales que son los humoristas.

“Cuando la gente tiene un dispositivo móvil, incluso en el más ínfimo momento libre aprovecha de comunicarse con alguien”, dice al WSJ la directora del Pew Internet and American Life Project, Lee Rainie.

¿Y qué me dicen de nuestra capacidad de memorizar? No es necesario un estudio para comprobar que de las docenas de teléfonos que recordábamos antaño, hoy con suerte logramos recordar nuestro propio número (o me dirán que nunca le pidieron a alguien no responder para poder averiguarlo en su pantalla…).

Pero si bien la tecnología es un factor de cambio, también es una forma de constatar que algunas cosas permanecen iguales. Esto, porque el estudio también detectó que los estadounidenses negros e hispanos, tienden a usar más los mensajes de texto que los blancos. Así, mientras los primeros envían y reciben una media de 780 y 767 SMS al mes respectivamente, los blancos promedian 566 mensajes.

¿La razón? La brecha económica, ya que comunicarse vía mensaje de texto es mucho más económico (y se puede condensar más información) que una llamada telefónica.

“Si no tienes banda ancha en tu hogar, ni acceso permanente a Internet desde tu portátil o tu PC, entonces encontrarás otras maneras de comunicarte”, concluyó Ken Eisner, director de la ONG One Economy.

Sí. Definitivamente algunas cosas nunca cambian.