27|jul|2006
Armas de Frustración Masiva

Mientras escribía mi artículo de bienvenida el domingo pasado, un inconfundible alarido de terror estremeció la casa, interrumpiendo mi trabajo.
Era al fondo, en la esquina de la galería. Uno de mis gatos acorralaba a otro, bufando con el torso encorvado mientras azotaba su cola en señal de amenaza. No era cualquier gato: se trataba de la matriarca, un animal fornido cuyas zarpas afiladas e inusitada fiereza la habían entronado como dictadora perpetua del grupo. Cuando ella pasaba, todos sabían que era mejor hacerse a un lado.
Por desgracia, su víctima resultaba ser justo el otro extremo en la pirámide jerárquica. “Microbio” era un minino enclenque y asustadizo, salvado de la hoz de la selección natural sólo porque mi madre se empecinó en hacerle tragar leche con biberón y otros alimentos especiales mientras era un crío.
Algo cargante pero consciente de su debilidad, el gato solía ser cauto en sus movimientos, sin embargo la tentación de cogerle la cola a “Doña Maña” mientras dormía había sido más fuerte y ahora se agazapaba con los ojos desorbitados de miedo. Estaba a punto de pagar un alto precio por su atrevimiento…
Ante las circunstancias, no me quedó otra más que actuar como haría cualquier persona civilizada:
Yéndome.
Estaba claro que la gata actuaba en defensa propia.




















