31|oct|2006
Fernanda

Sé que usualmente no te escribo… en realidad, usualmente no le escribo a nadie mientras no sea por razones de trabajo, pero esto es algo que me ha superado.
Entre más lo pienso, menos comprendo qué sucede; quizá, porque no sea un asunto de pensar sino de sentir, una de las facetas a las que menos estoy acostumbrado. Todo esto… todas estas sensaciones que me arrastran con la violencia de una maraña imposible de controlar. Todos deseos que pugnan por salir al mismo tiempo, por ser cumplidos a la vez (como si mi impaciencia no fuera suficiente tara con que lidiar). Toda esta vorágine de emociones atribuladas en expectación. En la incertidumbre…
¿Has tenido algunas vez en tus manos un libro tan fascinante que deseas conocer ahora, de inmediato, el final… tanto como que no acabe nunca?
¿Has deseado alguna vez saber cómo y cuándo vas a morir… sólo para recordar que en verdad no quieres saberlo?
¿Has pensado alguna vez que la felicidad es un candil demasiado frágil como para iluminarnos demasiado tiempo?
En realidad son cientos de preguntas. Viajan raudas por mi mente, con la velocidad – y la belleza – de esas estrellas que según dices ya no están ahí… pero que yo te digo que siguen estando, sólo para que nosotros las conozcamos. Y en realidad son miles de anhelos… sueños con vuelos amplios como aves en trayectoria… de tu mano izquierda envuelta por mi diestra, como aquella noche ante las olas de Maule…
Fernanda… el universo perdió más de un planeta desde esa primera vez que nos conocimos. Recorrimos vidas rezumando cada cual sus manticoras; aferrados a la esperanza de un horizonte que no hacía arribo o tenía demasiada prisa como para quedarse. Luego nos reencontramos cuando llegaba el invierno y sus tormentas, que capeamos alrededor de historias volcadas en un café. Bajo la lluvia me viste sufrir… como el frío que siempre te hacía tiritar. Supiste que el dolor me desgarraba… tanto como le veía arreciar en ti.
Y no sé en qué momento “exacto” sucedió; quizá, porque para estas cosas hay pocos momentos “exactos”. Que las discusiones se fueron extinguiendo, las dudas se disiparon tras el murmullo de fondo y lo cierto… se hizo cada vez más obvio. Que te empezaba a extrañar. Con mi espíritu perdido rondando los mismos locales, sólo cuando tú los frecuentabas. Que el marco de tus lentes atesorase algo más que mi reflejo.
- ¿Qué pasa? – preguntaste en aquel restaurante cuando el sufrimiento me hizo aferrar a tus manos.
Ahora lo sabes. Que te has hecho tan imprescindible como la pasión y la literatura. Que tienes el poder de curar las almas envenenadas (o al menos la mía, que al fin y al cabo es la que me interesa) y de cambiar las estaciones. Que las ideas se encabriten… que todos los relojes y calendarios marquen cuentas regresivas. Desvestirme de azul y vestirme de rojo. Que la tinta de mi sangre fluya. Que me hagas gritar mi intimidad desde éste, el único acantilado que conozco.
Que al fin me hayas traído de regreso.
Porque nunca había sido tan feliz de ignorar el futuro (y la morfosintaxis). De esperar nada. De esperarlo todo. De sentir otra vez que puedo cambiar el mundo o echármelo a la espalda, aunque sea sobre un barco de papel.
Y si eso no es estar enamorado… entonces, profesora, ojalá puedas decirme qué es.
Era mayo de 1978 cuando el primer correo masivo no-solicitado con fines publicitarios golpeó la red, de la mano de Gary Thuerk. Este proactivo vendedor de 
Vamos a crear una versión local educativa de Firefox. Un programa que permitirá a los estudiantes chilenos (o quizá de Latinoamérica) investigar, aprender, enseñar y colaborar de forma divertida, eficaz y segura. Un navegador que – manteniendo su simpleza – entregue las mejores herramientas para realizar búsquedas, tomar apuntes, vincular sitios, explorar temas, comunicarse, traducir o aportar al conocimiento usando la Web.
Por último y antes de entregarles la palabra, déjenme hacerles una pregunta… ¿no están hartos de que todas las buenas iniciativas vengan del extranjero?
Como les decía mencioné anteriormente, ayer fue un día movido. Tras la irrupción matinal de un grupo de adolescentes ociosos (aka hackers), la
Verán.
Como supondrán, de ello se afirmó Lindhart para




















