Sombras de la China
A mi Padre siempre le gustaron los concursos de televisión. Desde que tengo memoria lo recuerdo instalado frente a la TV tras llegar del trabajo, concentrado en los desafíos que (indirectamente) le imponía la pantalla. Esto, porque mi viejo no era de los que se dejaban llevar por el artificioso suspenso de un “Dispara usted o disparo yo”, ni por las monerías absurdas de un “Si se la puede gana”.
Lo suyo eran las trivias de conocimientos.
Y verlo era todo un deleite. Cual Bill Murray en “El día de la marmota“, mi Padre parecía tener las respuestas de antemano, desplegando un asombroso arsenal enciclopédico legado por sus años de lectura.
Historia, Geografía, Arte, Ciencias, Matemática… salvo Deportes, nada escapaba a sus conocimientos, los mismos que vociferaba con pasión durante el duelo, o increpaba a los concursantes cuando erraban una respuesta obvia.
No sé por qué mi Padre nunca intentó participar. Quizá eso de andar recortando etiquetas de Sabrosalsa no iba con él – o quizá lo hizo y jamás nos contó – pero las cosas tendrían un cambio radical con la llegada de “Quién quiere ser millonario“.
Para nosotros era evidente que ese programa ejercía un efecto especial en él. Por eso, todos sospechamos que cuando le pidió a mi hermano menor enseñarle a enviar mensajes de texto mediante su teléfono celular, era porque algo se traía entre manos (literalmente). Sospechas confirmadas cuando el viejo apareció un con el rostro iluminado de gozo a contarnos sobre un llamado de Canal 13…
¡Lo habían seleccionado para participar!
Durante los dos meses que lo separaban de la grabación, lo vimos entrenar con entusiasmo. Cada semana analizaba el programa cual estratega militar preparando sus movimientos, mientras realizaba esquemas sobre fechas importantes, autores o líneas fronterizas. Mi hermano lo asistió con datos sobre la música de moda, mientras yo lo interrogaba usando los libros de “La carrera del saber”.
Secretamente, también observé cómo mi Padre sacaba cuentas. Nuestra situación económica no había sido buena esa temporada y aún el menor de los premios le significaría un alivio. Podía notar en su cara como soñaba.
Nunca olvidaré el día que Jorge y yo fuimos a despedirlos al aeropuerto de Concepción. Su perfil sonriente a contraluz mientras traspasaba del brazo de mi madre la gigantesca puerta de embarque. Era un gladiador presto al Coliseo… que incluso había olvidado su gran temor a los aviones con tal de ganarle el quienvive al destino.
La tarde de la grabación falté a la Universidad. Junto a dos compañeros – uno versado en Deportes y el otro en literatura chilena – nos parapetamos en el living de mi casa esperando que mi Padre llamara para usar el comodín telefónico. En el otro extremo de la sala, mi hermano esperaba con Google en pantalla y un CD-ROM de Encarta en la bahía, listos para actuar.
Tras el llamado de mi Madre para alertarnos de su ingreso en el estudio, todos nos sentamos a observar el teléfono esperando que sonara. Comenzaron a pasar los minutos… luego las horas. Pero nada. ¿Podía ser que mi Padre pasara todas sus rondas de preguntas sin requerir el comodín telefónico? ¿Había optado por llamar a mi abuelo quizá? ¿O quizá…? No. Eso no era posible.
Cuando ya no quedaban posibilidades lógicas para el retraso, se hizo evidente que algo muy bueno o muy malo había ocurrido. Sólo entonces sonó el teléfono. Era mi Madre desde el Hotel.
- Le fue mal al Papá – anunció con amargura – Está tan bajoneado…
- ¿Puedo hablar con él? – pregunté.
- No tiene muchas ganas. Ahora vamos a dar una vuelta y mañana regresamos en bus.
- ¿En bus? ¿Y el pasaje de avión?
- No quiere andar en avión…
Observar a mi Padre de regreso era ver a otro hombre. Abatido y cabizbajo, nos contó de camino a casa que ni siquiera tuvo oportunidad de participar. Su planificación había sido impecable salvo por un pequeño detalle: la tecnología. No había sido lo suficientemente rápido marcando las respuestas preliminares, esas que te daban derecho a pasar al ruedo. “Además uno de los botones estaba malo” alegó con frustración.
No sé si sería cierto, pero sí que no era justo.
La única que volvió feliz de Santiago fue mi Madre que, no sé cómo, logró robarle a Don Francisco un beso, una foto y un autógrafo. Era su sueño de toda la vida de esa semana.
Durante los días siguientes, el viejo ya no quiso ver ese ni otros programas de concursos. Comía en silencio, mascando su desazón. Por mi parte, me costaba entender que algo tan frívolo lo marcara tanto. Tratando de animarle, le recordé que sólo era un programa de TV, que ya habrían otras chances, que el dinero no importaba, lo obtendríamos o ahorraríamos de otra manera…
Entonces me miró con sus párpados arrugados. Cogió aire y exhaló:
- Hijo, no es por la TV ni el dinero… es que me había hecho soñar.
Ese día entendí el tremendo poder que tienen los sueños. En aquella mirada imborrable aprendí lo motivantes o destructivos que pueden ser. Y es que no importa su origen o tamaño, porque al igual que el amor (o el dolor) los sueños no tienen mesura. No importa si es un niño deseando un juguete, un adolescente esperando conocer a su estrella de cine, un hombre encontrar a su compañera, o un viejo reencontrar a su familia.
No hay diferencia entre la señora que sobre un trono de mimbre lloraba por un quiosco en el “Festival de la Una”, la pareja que anhela un hijo o un joven de la Teletón que confía en volver a caminar. Tampoco si es realizable como la casa propia, o utópico como la paz mundial.
Curiosamente, ni siquiera es importante que los sueños se cumplan. Lo único importante es que no se rompan.
Fue la mirada de mi Padre, la que entonces me hizo entender la desolación de los sueños rotos.
Sería mi propia vida la que me haría comprenderlo.
(Mañana regreso con actualizaciones normales).
Hablando de sueños, la Unicef extendió hasta fines de octubre una de las campañas más hermosas que he conocido este año, “Un niño una cama“, que busca entregar a los más pequeños de familias pobres un lugar donde dormir. Si todavía no colaboran, aún están a tiempo en la cuenta 2046 de BancoEstado (¿qué tal una transferencia por Internet?), en el sitio Web de Unicef o llamando al 188 600 600 2121.





















PS
12.10.2006 @ 19:38
Quizás sea por el pinchazo de sueño que sufrí hace poco, pero la historia del Sr. Leal senior realmente me conmovió…
Fernanda
12.10.2006 @ 20:30
No te conocía esa faceta tan “coelhiana”… juajua
Ahora hablando en serio: el otro día me di cuenta del terror que le tenía a la frustración. Sin embargo, no se trataba del típico miedo al fracaso después del intento, sino más bien del horror a no tener la oportunidad de participar en el juego.
Por esa misma razón elegí mi carrera (quise intentar hacer lo que amaba, a cualquier costo); por eso se me quitó el miedo de irme a un país lejano por un semestre (quería al menos saber si era capaz de tener buenas notas en otro idioma y lejos de mi familia); y por eso olvidé hace ya unos meses a alguien que significaba bastante para mí (a pesar de que todo decía que no iba a resultar, estaba dispuesta a jugármela… él no).
Y ya parece obvio que no son las funciones del ser humano las que lo hacen sobrevivir: es solamente el deseo de seguir respirando. Pero para que esto sea posible, es preciso tener algo por lo cual mantenernos vivos. Sea lo que sea.
Conmovedora historia, como toda aquella en que se rompe un sueño.
Carlos
12.10.2006 @ 23:18
Vaya… Señor Coelho! ;D
No sé que es lo que más placer produce en los hombres: si la consecución de un sueño o la lucha por conseguirlo. Quizás la primera nos da satisfacción y alegría (temporal)… pero la lucha… la pelea por algo que realmente queremos es lo que nos hace sentir vivos verdaderamente.
Tú Padre es un buen hombre y de seguro aún le quedan otros sueños por cumplir… hay que obligarlo a que cuente.
Saludox!
SheLo
12.10.2006 @ 23:19
.
El placer de vivir es incomparable con el placer de soñar, y no es tan solo por la satisfacción que nos puede entregar el soñar, es por la esperanza que no nos deja matar ese sueño.
Ahora, como tu padre, tengo un sueño… mi sueño, aunque lo veo inalcanzable espero cumplirlo algún día, haciendo oidos sordos a quienes día a día intentan despertarme.
ojalá no me frustre al intentarlo, gracias por compartir tu vivencia.
Salu2.
Sebastián Barros
13.10.2006 @ 00:48
Bellas palabras… bellas y tristes palabras…
Claudex
13.10.2006 @ 01:22
Pucha cabro, tu viejo es un siete. Un poquito gruñon, pero puedo ratificar con pruebas lo que dijo Carlos: en un buen hombre.
alvaro
13.10.2006 @ 09:29
pt’as ke te salio de corazon tu relato, me llego al hueso, me la sufri entera, algo tenemos todos los chilenos de esa historia. el desenlace cohelo estaba demas, ojala tu viejo lo intente de nuevo la proxima temporara, ya es algo personal..aajajaj, en serio animalo pa otro intento, kiero ke tu viejo ganeeeEE!!!!!
eseq
13.10.2006 @ 10:30
Me dejaste con un nudo en la garganta… me recordaste a mi papá
J.J.
14.10.2006 @ 22:55
Linda tu historia. Respecto a la campaña de la cama por niño me parece buena…pero tengo mis reparos.
Supongamos que hay 5 personas durmiendo en una cama, los papás y 3 cabros chicos ¿Realmente crees que dejarán a 1 niño ocupar la cama donada, él sólo? ¿harán sorteo?.
De todas maneras suena mejor que 5 en 1 cama. Lo sé.
Me gusta ser aguafiestas.
Verónica Reyes Serra
15.10.2006 @ 04:32
Me gustó mucho lo que escribiste.
De seguro que para la próxima temporada del programa tu papá puede volver a ir. Ahora que ya conocé cómo funciona la maquinita para digitar las respuestas para pasar a la otra rueda, de seguro responde rápido y le va bien.
Lindas sus lineas, como siempre.
Un abrazo.