
¿Han tenido días real, pero realmente pesados? ¿esos donde pasan tantas cosas que el reloj parece mover sus agujas en el sentido contrario mientras tu mente no logra seguirle el paso? ¿Sí? Pues… ¿qué tal un año pesado? O mejor aún… tener dos.
Es así como me siento. Tal como si esta Navidad – si esta semana – fuera la conclusión de un interminable año de 730 días… probablemente el más largo de mi existencia.
Una extensa montaña rusa que inició lentamente un verano de 2005, con un viaje al extranjero. Que se divirtió lanzándome a lo desconocido durante los meses siguientes, sólo para ver cómo reaccionaba. Que no tuvo piedad, cuando el mareo me hacía llorar para bajarme. Y que terminó como empezó, lenta, inexorable, cadenciosa, pero dejándome al otro extremo del parque… donde nunca antes había estado.
Este 2005+2006 ha sido el periodo más voluble de mi vida. Uno de grandes logros y de grandes fracasos. Uno donde la emoción me embargó tanto el pecho… como luego la tristeza se encargó de destrozarlo. Uno donde tuve aciertos dignos de ser legados… también errores que sólo querría olvidar.
Aunque si los olvidara, no valdría la pena haber sufrido por ellos.
Sin embargo si de algo realmente trataron estas horas, no fue de computadoras, diarios, ciudades o eventos, sino de la gente que conocí. De la gente que me rodeó. Aquella que hizo este trance un poco más llevadero – o incluso un poco más miserable – pero de la cual siempre pude aprender algo nuevo. Gracias a la cual pude seguir adelante.
En esta Navidad, quiero dedicar a todos ustedes un trozo de este lugar que es mi casa, de mis letras, para decirles que sin ustedes no estaría aquí. Por su alegría, por su preocupación, por su cariño y por su amor, sólo puedo decirles una cosa:
Gracias.
Gracias desde el fondo de esta masa ardiente tan frágil, extraña, incomprensible e incomprendida, que se llama corazón.
Gracias a mi hermano Jorge. Por ser lo que más quiero en el mundo.
A mi familia, por rescatarme.
A Alberto, por ser mi amigo, compañero de lucha e inspiración.
A Alejandro, por haber sido un hermano chico del que da gusto cuidar.
A Alexis, por ratificar mi decisión de volver.
A Carlos M., por dejar claro que los kilómetros significan nada.
A Carlos S., por ser un hermano. Por seguir creyendo en los sueños.
A Carolina, por ayudarme a pensar.
A Claudia M., por estar ahí, justo ahí… justo cuando te necesité.
A Claudia S., por ser el ancla en los grandes giros de mi vida.
A Claudio B., porque desde nuestra infancia, no ha pasado un solo día.
A Claudio R., por compartir conmigo tus conocimientos y tu amistad.
A Cony, por ser un oasis en el frío desierto de Aysén.
A Cristián I.… aunque lamento haberte dejado una imagen incorrecta.
A Cristián L., por tu cariño, tu ayuda, tu entusiasmo a toda prueba.
Al Doc, porque ya antes de titularte curabas almas enfermas.
A Eduardo, por instalar Linux en mi PC… sin soporte para WiFi.
A Felipe, por salvarme la vida aquella mañana en Puerto Montt.
A Fernanda, por tu calor. Por devolverme el mar.
A Franco, por animarme. Por hacerme sonreír cuando nadie podía.
A Ingrid, por darle tregua a mi dolor y ayudarme a continuar.
A Javier, por llamar, por escribir. Por darme una y otra oportunidad.
A Juan Pablo, por hacerme saber que siempre estás ahí.
A Luchín, por ser el amigo grande y maravilloso que eres.
A Luisfel, por creer. Por creer en mí.
A Manolo, por tu cariño. Por tu guía, por tu preocupación.
A Marcela, por soportar mis monólogos sin protestar ni dormirse.
A Octavio, por saber escuchar y acompañarme en la tristeza.
A Oscar, por tenderme tu mano… nunca te agradecí apropiadamente.
A Pastora, porque tomar un café sin tu compañía nunca será lo mismo.
A Pedro, por mantener viva la esperanza.
A Pinocho, por morirse.
A Renán, por confiar en mí y por hacerme sentir orgulloso de ser tu amigo.
A Rodrigo, por hacerme creer. Aún ante la adversidad.
A Romina, por ser una amiga y mujer admirable. Por sobreponerse a todo.
A Rosita, por invitarme aquella pizza cuyo sabor jamás podré pagar.
A Saioa, por ser la vaskita más adorable del mundo.
A Tatiana, por esa sonrisa de ensueño.
A Verónica, por las largas noches de charla a través de una ventana.
A la pandilla de los Copresos, Andrés, Carlos, Claudio, Luis, Mauricio, Mauricio V., Ramón, Rodrigo, por ser mi familia en Santiago. Y muy especialmente a Marcelo por ser, para mí, el padre protector en aquella familia.
Y aunque ya no quiera pensarlo, ni sentirlo, ni recordarlo… también a ti, Andrea. Porque durante tantos años, en especial durante los difíciles, fuiste el significado mismo de la Navidad. Quien sea hoy que esté contigo… que te cuide bien.
Mi perdón a todos quienes desilusioné. Mi cariño eterno a quienes lo soportaron y aún siguen conmigo.
En fin.
Para todos… todos quienes visitan diaria u ocasionalmente esta bitácora y forman parte de esta gran comunidad llamada Web, les deseo una muy… MUY FELIZ NAVIDAD.