Este artículo es la culminación de la
Parte I
Cuando abrí por primera vez la caja de mi notebook, hubo un componente que extrañé de inmediato: en efecto, el equipo carecía de los imprescindibles discos de rescate, que permiten restaurar el sistema a su estado original en caso de desastre… una de las principales razones por las que recomendaba a los usuarios novatos comprar un computador de marca.
Casi con ironía, en vez de ellos HP me entregaba una hoja con forma de CD que me “invitaba” a comprar 21 CDs ó 2 DVDs para crear mis propios discos. Una incomodidad adicional para el consumidor que ayudaba a HP a ahorrarse cuánto… ¿50 centavos por unidad? Genial.
Pudo ser peor. Según me contaba Franco unas semanas más tarde, su Dell ni siquiera le dio esta posibilidad. La empresa le informaba alegremente que “ya no necesitaba discos de rescate” porque toda la información podía restaurarse desde una partición donde se almacenaban los datos, la que – dicho sea de paso – restaba varios GB al disco duro de forma permanente.
¿Y dónde queda la alegría si a la partición le entra un virus o se produce un fallo general del disco?…
Reflexión Nº1: Muchachos. Contrario a lo que intentan hacernos creer los vendedores, cuando compramos una computadora el sistema operativo NO viene de regalo. Pagamos por él una licencia OEM con un costo superior a 50 mil pesos que, primero, nos dio derecho a discos independientes con el sistema, luego a discos preconfigurados y – ahora – a un papel que dice “te debo un disco de rescate”.
¿Imaginan comprar una bebida sin envase? Pues yo tampoco.
A Franco no era el único al que le habían robado disco duro. Una vez creados mis discos, eché un vistazo al espacio disponible de mi flamante computador y – con sorpresa – me percaté que de sus supuestos 80 GB de capacidad, quedaban poco más de 50 a mi disposición.
La culpa no era en exclusiva de la abultada instalación de Windows XP, sino la colección de joyas del software que HP incorporaba (sin preguntarme), incluyendo 600 MB en demos de juegos, una suscripción limitada al obeso Norton Security o una copia de Microsoft Works que – pesando el doble de OpenOffice – sólo hacía la mitad.
Y no era todo. En mi caso, Windows también había creado una partición que le permitía “recuperar el sistema en caso de desastres”, lo que no conforme con ocupar espacio, alelaba el PC debido a la necesidad de hacer respaldos sucesivos del sistema.
Como imaginarán, esta partición fue lo primero en irse al trasto… para instalar Ubuntu encima (oh, dulces paradojas de la vida).
Reflexión Nº2: Mientras estas herramientas son – eventualmente – útiles para los usuarios principiantes, resultan molestas para quienes ya tenemos algo de experiencia en computadoras. ¿Cuál es la insistencia de ponernos rueditas a quienes ya sabemos andar en bicicleta?
¿Tanto le cuesta a Microsoft como a los fabricantes albergar dos perfiles de sus clientes – novel y avanzado – para satisfacer mejor sus necesidades? Insistir en imponernos a todos un mismo paquete monolítico de software preinstalado es forzarnos a funcionar de la misma manera, lo que claramente es poco práctico… por decir lo menos.
Realizada la correspondiente limpieza étnica en el PC y hecho a la idea de ser un usuario validado, recordé que Microsoft había lanzado un programa especial de incentivos – Ventajas de Windows Original – para quienes ingresamos a su redil. Curioso, fui a echar un vistazo.
No sé si seré muy quisquilloso… pero una copia “gratuita y exclusiva” de Carioca o Memorice no es precisamente mi idea de recompensa. Tampoco que me “dejen” bajar Internet Explorer 7 ó Windows Media Player 11, ni menos que me den la versión de prueba por seis meses de MS-Office o un Anti-Virus… ni hablar del espectacular descuento del 50% en juegos MSN.
Me sentí como un indígena al que le compraban las tierras con chucherías. Sólo faltó una foto de Bill Gates autografiada.
Reflexión Nº3: Faltos de ideas? ¿Qué tal un descuento en los productos de hardware de Microsoft o libros de Microsoft Press? ¿O regalarnos un juego que sí valga la pena, como Age of Empires o Halo? (no necesariamente las últimas versiones). ¿O si nos dieran la posibilidad de hacer un curso presencial para algún producto en vez de esos mezquinos 13 tutoriales en video que – de hecho – deberían venir incluídos con el sistema operativo?
No es ese el problema. ¿Por qué – al igual que las discográficas – a las firmas de software les cuesta tanto creer en el valor agregado? Nos ofrecen una zanahoria toda podrida… mientras detrás sostienen el garrote con un clavo.
Ya me dan ganas así de comprar Windows.
Durante los meses siguientes, al menos aproveché mi condición de usuario legítimo para acceder a las actualizaciones de seguridad del sistema. El trámite podría haber sido bastante más placentero si Microsoft no insistiera con tanta frecuencia en que configure mi PC como ellos (y no yo) estiman conveniente.
Pues no, no quiero el Firewall de Windows. No, no quiero actualizaciones automáticas. No, no quiero la última versión de Windows Media Player. No, no quiero la herramienta anti-spyware. No, tampoco quiero la herramienta de validación de Windows… ¿cómo que tengo que aceptarla?
Pues sí. No conformes con la activación de producto, los usuarios de Windows XP deben descargar una aplicación que “chequea” si el software está en regla. Desde luego, nadie insinúa que los clientes sean ladrones… sino que pudieron ser “engañados” por los perversos vendedores de computadoras armadas que se niegan a comprar licencias OEM.
No hay validación = No hay postre.
¿Y saben? Creo que la herramienta no me habría importado tanto, de no ser porque me obligaba a tener una estrella del partido republicano en la bandeja de sistema, mientras informaba regularmente que se había conectado a los servidores de Microsoft para declarar que seguía en la legalidad.
Nunca capté eso… ¿es que Windows podía contagiarse de repente una “piratición”? (sobra decir que la herramienta generó tantos reclamos, que finalmente fue modificada).
Reflexión Nº4: Cuando leí por primera vez sobre los sistemas de activación o validación, la teoría era que su propósito en realidad no era controlar la piratería, sino a los usuarios. Y en efecto, mientras los usuarios ilegales siempre disponen de copias truchas a sólo días del lanzamiento de un software, quienes tenemos licencias nos bancamos las restricciones.
Eso es “cuidar” a tu clientela… en un sentido demasiado literal.
Con todo, Windows XP seguía siendo una experiencia generalmente satisfactoria… hasta que un día algo tan curioso como molesto comenzó a suceder en mi PC.
Como sabrán, cuando una nueva aplicación se abre, la anterior queda en segundo plano, lo que en jerga técnica se llama perder el enfoque. Ahora imaginen que ello suceda en forma repentina, sin haber abierto ninguna aplicación: si estás escribiendo, debes volver a pulsar el programa para recuperar el cursor. Si estás navegando, debes pulsar para volver a la acción. Si estás haciendo cualquier cosa… debes pulsar. Una y otra vez.
Acostumbrado a rascarme con mis propias uñas comencé a indagar, encontrando un documento de Microsoft donde se achacaba el problema a una función avanzada de texto que – claro – no fui yo quien puso en marcha. Algo similar sucede cuando se mantiene pulsadas por más de cinco segundos las teclas: Windows asume que tengo un problema de accesibilidad, tal como asume en MS-Office que quiero autocorrecciones o que quiero que me oculte los menús, etc…
(No entiendo esa manía de Microsoft de darnos en forma predeterminada opciones que deberían activarse a petición del usuario. Ya imagino la caja de Windows Vista: “¡Ahora con 100 nuevas funciones que usted querrá desactivar!”).
Por desgracia, el problema no se resolvió ahí.
Tras realizar un escaneo con dos anti-virus diferentes – más un anti-spyware – y circunvalar Internet sin éxito buscando referencias, entré en desesperación. Podría parecer una nimiedad, pero cuando debes hacer un clic cada 30 palabras para recuperar la aplicación, comienzas a crearte un tic.
Pero hey… ¿qué estoy haciendo? ¿acaso no soy usuario activado-validado-genuino? Entonces tengo derecho a que me den soporte, no como esos malvados piratas que deben arreglárselas solas.
Ansioso, entré al sitio de Microsoft Chile buscando un formulario de contacto o un teléfono donde llamar. Sin embargo, el vínculo de “Soporte” me estrelló contra la cruda realidad:
Sucede que – como cliente OEM – NO tengo derecho a soporte… o en realidad sí, pero cada pregunta que haga me cuesta “sólo” 99 dólares… ¡casi el costo de la licencia!

De nada sirve hacerse el pillo. El sitio te pide el número de licencia, negándote el acceso (qué diferencia con el soporte de Palm EEUU – por ejemplo – quienes pese a aclararme que sus servicios no me corresponden por zona geográfica, igual responden con diligencia por el sólo hecho de ser cliente, incluso con dispositivos de segunda mano).
¿Mis chances? Según Microsoft, debo comunicarme con el soporte de HP, en un pimpón endemoniado que de antemano sabía inútil por una experiencia anterior (que dejaremos para otro día).
Sin embargo, lo realmente insólito es que aún si hubiera adquirido mi versión de Windows en el comercio – lo que cada vez es más complejo porque casi no se vende en las tiendas – sólo tendría derecho a hacer cuatro preguntas al soporte técnico (ni que fuera el Oráculo de Delfos)… en un lapso de tres meses.
(Por cierto – y para ser justos – esta es una política cada vez más de moda entre las grandes corporaciones, quienes venden sus paquetes de soporte como productos por separado, olvidando que esa es prácticamente la única razón por la que alguien podría querer comprar software legal, como hacen con las empresas, ¿no?).
REFLEXIÓN FINAL: ¿Qué se gana con tener una copia de Windows Original? Veamos. Si el paquete viene con la computadora, se te obliga a usar como el fabricante establece, muchas veces perjudicando el rendimiento de tu sistema. Si buscas actualizaciones, se te fuerza a instalar mecanismos de control que, en ocasiones, configuran automáticamente tu PC sin autorización (la tozudez del Firewall de Windows es impresionante).
Luego, si se quiere aprovechar las “ventajas” del programa de Windows Genuino, te das cuenta que en realidad nada vale la pena y – para rematar – cuando en verdad necesitas ayuda, que es la oportunidad para ganar o perder la fidelidad de un cliente, se les deja a la deriva porque económicamente no son tan rentables como un cliente corporativo (a los que, por supuesto, jamás se abandona).
En mi caso, resolví el problema como debí hacer desde el principio: descargué los controladores desde el sitio de HP y arrasé el disco duro… para volver a mi vieja copia trucha – pero limpia – de Windows 2000 (supongo que a Bill no le importará, ya que tengo una licencia de Windows XP). Esto, mientras me entreno en Linux para superar definitivamente la dependencia.
Honestamente: creo que si las empresas están mostrando tan poco respeto por sus clientes hogareños como para imponerse, abandonarlos e intentar exprimirlos luego de pagar por sus productos, les están diciendo que les importan un carajo.
¿No es lícito que nos importen de igual manera?
Allá ellos si lo llaman piratería. Yo lo llamo justicia.