31|ene|2007
No me doren la Píldora
Sobre el innecesariamente polémico tema de la píldora del día después, tengo cinco dudas existenciales que apuntan más a la forma que al fondo del asunto (sobre el que podríamos estar discutiendo sin llegar a acuerdo mucho más de nueve meses):
1. La píldora se ofrece. Nadie está obligado a tomarla. Si tus convicciones morales o religiosas te prohiben usarla, no la usas. Entonces, ¿cuál es el problema?
2. Compadezco a quienes se oponen a la distribución de la píldora (no a la píldora en sí), pues supongo – con todo respeto – que deben tener la cagada en sus familias.
Lo digo porque – sin intención de provocar la envidia de nadie – mis hermanos y yo siempre tuvimos la confianza suficiente en mis viejos como para recurrir a ellos hasta en los más sórdidos embrollos (…y por Dios que nos hemos mandado numeritos).
Ahora, si estos señores y señoras fueron un referente paterno tal que temen lo que sus hijos e hijas hagan a sus espaldas, ¿por qué el resto de Chile debe pagar el pato?
3. Algunos alcaldes manifiestan que sólo entregarán la píldora previo aviso (eufemismo para decir “acusación”) a los padres. ¿No eso una intromisión del Estado en la familia mucho más seria que ofrecer el medicamento de forma voluntaria?
4. Siguiendo con este razonamiento, ¿desde cuándo los alcaldes tienen derecho a imponer sus propias objeciones de conciencia a toda su comunidad? Hasta donde sé, los señores feudales se quedaron en la Edad Media.
Tal como bien señala mi amigo Claudio, en los referendos elegimos administradores municipales, no líderes religiosos.
5. Por último, la píldora del día después (levonorgestrel) ya está disponible hace mucho tiempo en las farmacias de Chile. De hecho, se puede obtener el mismo resultado con una sobredosis de anticonceptivos (chicas, no se automediquen).
¿La única diferencia? Que ahora se entregará gratis a todos quienes no pueden pagarla.
Ergo me pregunto… ¿a qué viene armar tanto escándalo?




















