27|feb|2007
Y regresé…
Como mi vida parece regirse por la constelación de las casualidades, sólo pude sonreírme al comprobar que las primeras vacaciones que tomaba en cerca de dos años, coincidían con precisión en la fecha en que mi vida comenzó – inadvertidamente – a escapárseme de las manos.
No tocaré otra vez ese tema porque ya lo hice varias veces y supongo que nos tiene tan cansados a mí como a ustedes. Tampoco voy a darles la lata con un resumen de mis reflexiones estivales, sobre la importancia de caminar solo sobre senderos donde cruje la tierra, entre los árboles, bajo las estrellas; de respirar profundo, de exhalar bien antes de inspirar nuevamente, porque en realidad no sabría cómo hacerlo sin que suene cursi — y de eso en febrero ya tuvimos suficiente.
Sólo les confesaré que durante demasiado tiempo he sentido que cargo con piedras en el zapato, que en ocasiones molestaban más, en otras menos, pero claro… imposible quitárselas sin detenerse.
Y no, no sufrí alguna de esas epifanías milagrosas que sólo se dan en Hollywood. Únicamente comprendí que si se quiere dejar en este mundo algo más que un obituario apolillado, creer es un requisito forzado. Creer en Dios, en el destino, en la vida, en mí… quizá un poco en cada uno de ellos. No sería malo.
Así, sólo cuando volví a creer en mis fines ulteriores, pude regresar. Sin equipaje. Con la manos vacías. Libres. Tal como las quería.




















