Mientras el mundo centra su atención en la llegada del iPhone -con el que mañana nos darán hasta en el Diario Oficial- otro lanzamiento que compartió agenda con el chisme de Apple lo hace en un marco mucho menos glamoroso, pero augurando un impacto que el teléfono táctil no está ni cerca de igualar.
Así es. Porque tras un doloroso parto de 18 meses, la versión 3 de la General Public License (o licencia GPL) finalmente ve la luz con una carga importantísima de cambios sobre su antecesora. Tantos, que las polémicas de su gestación seguro parecerán niñerías frente a las de su implantación.
Para quienes no tengan idea de qué hablo, recordemos que todo software -sea gratuito o comercial- se rige por una licencia de uso… ese texto que todos aceptan sin leer cuando instalan un programa. Este describe lo que un usuario podrá o no hacer con la aplicación y, precisamente por ello, debe aceptarlo antes de utilizar el software.
En general, la GPL garantiza que todo software podrá ser libremente usado, copiado, distribuido y modificado mientras no se le impongan otras restricciones y los proyectos que se basen en él continúen siendo libres… que como ven, no es lo mismo que “gratis” (pueden leer más al respecto en un artículo de Mouse).
Y por cierto, la GPL es todo un éxito. Actualmente, sobre 30 mil programas adhieren a su licencia bajo GPL, lo que según las estadísticas de FreshMeat, significa un 66% de todos los proyectos de código abierto.
Pero con su última versión – la GPLv2 – lanzada en 1990, muchos avances tecnológicos permanecen en una incómoda nebulosa que ha gatillado agrias polémicas entre corporaciones y los partidarios del código abierto, como el acuerdo Microsoft-Novell o el uso de sistemas de protección digital (DRM) para evitar el acceso al software (también pueden leer sobre esto en un artículo anterior).
Para resolverlos, desde fines de 2005 se estaba trabajando en la versión 3 de la GPL, que luego de 3 borradores y muchas discusiones sangrientas (sobre todo entre el creador de la GPL, Richard Stallman y el padre de Linux, Linus Torvalds), por fin cristaliza en un documento que seguramente las empresas que colaboran en proyectos open source -como IBM o HP- escudriñarán hasta la última coma.

¿El resultado? Una licencia con disposiciones más suaves de lo previsto, en términos más legales que técnicos y sobre todo, con la gran incógnita de saber cómo será recibida por la comunidad.
Ahora, como la revisión de un cuerpo legal no es lo más recomendable para un fin de semana en ciernes (salvo que sea el de una abogada voluptuosa), resumamos 4 de sus principales puntos:
1. Si una empresa contribuye en un proyecto de código abierto usando algún elemento patentado (por ejemplo, menús verdes con pintitas lila), esa patente se libera gratuitamente y a perpetuidad para el software. De esta forma se evitan conflictos de intereses.
Sobra decir que esta cláusula no es del agrado de las grandes empresas, que ven en ella un freno a sus contribuciones a fin de no afectar su portafolio de patentes.
2. Cualquier usuario de un dispositivo que use programas de código abierto será capaz de modificar el software. Esta cláusula responde a la jugada del reproductor de TV TiVo, que pese a usar una versión de Linux no permite modificarla por considerar que está en su hardware.
Linus Torvalds expresó sus reparos contra esta medida, pues en su opinión la GPL estaba yendo demasiado lejos al inmiscuirse fuera del ámbito del software, lo que reduciría el interés en el código abierto.
3. Una disposición relacionada evitará lo que se conoce como “trusted computing” (algo así como “informática confiable”), que con la justificación (o excusa, según el punto de vista) de evitar las intrusiones de seguridad, impide que el software modificado se ejecute en un dispositivo o sitio Web, e incluso que los usuarios puedan tomar control de sus datos (¿alguien dijo DRM?).
En un intento de consenso, la cláusula no prohibe el uso de DRM como se sugirió en un principio… pero anula cualquier método que impida acceder al software. Touché.
4. En una de sus adiciones más sabrosas, la GPLv3 dispone que si una empresa provee protección contra demandas por uso de patentes a algunos de sus usuarios, entonces ésta se extiende automáticamente a todos los usuarios del software sin importar cómo lo hayan obtenido.
Como adivinarán, esto apunta directamente al acuerdo Microsoft-Novell, según el cual Microsoft concedía certificados a los clientes de Novell prometiendo no demandarlos por (supuestas) infracciones a su propiedad intelectual en Linux y otros paquetes de código abierto.
Según la Free Software Foundation (FSF), ahora el acuerdo será un tiro por la culata para Microsoft pues -de migrar Linux a la GPLv3- todos los usuarios del pingüino estarán protegidos contra acciones legales. Por supuesto, Microsoft desmiente tal pretensión y dado que se defenderá con unas y dientes en tribunales, probablemente no alcancemos a vivir para conocer el fallo.
Una reflexión final. Dado que la actualización de la GPL no es automática, los desarrolladores de cada proyecto deben decidir si acogen la nueva versión de la licencia. Hasta el momento el grupo a cargo de Linux -encabezado por Torvalds- se ha mostrado escéptico al cambio, aunque mostraron cierto ánimo de consenso en sus últimas declaraciones.
Por su parte, empresas con Sun o programadores como Jeremy Allison -uno de los programadores de Samba y actual empleado de Google- ya le dieron su bendición, lo que sienta un buen precedente para el éxito de la licencia.
Independiente de ello o de que estemos de acuerdo con las posiciones -a veces algo extremas- de Stallman, es notable que la FSF haya organizado un proceso de redacción tan abierto, donde desde las grandes corporaciones hasta un simple programador pudieron expresar sus reparos (decenas de miles, de hecho).
Organizar a medio mundo -literalmente- no es fácil; consensuarlo, aún menos.