
Siguiendo el Twitter de Micronauta, este fin de semana di con un artículo tan fascinante que parece ser el complemento perfecto a la Cultura Libre de Lawrence Lessig. Y no lo digo sólo por su temática reveladora… sino porque también llegué a leerlo casi 4 años tarde.
De hecho, es muy probable que a estas alturas el concepto de “larga cola” (the long tail) les sea familiar pero -al igual que yo- no tengan idea de lo que realmente significa. Aquí es donde el editor de la revista Wired, Chris Anderson, lo hace fácil, aclarándome de paso un par de preguntas para las que hasta ahora no tenía respuesta.
La premisa de Anderson es simple: les guste o no, nuestra actual industria de contenidos -libros, música, películas- está cambiando de un modelo de negocios dirigido a las masas, a uno que sigue los gustos particulares. Uno donde los otrora despreciados “nichos de mercado” pasan a ser tan lucrativos como el más popular de los éxitos.
¿Cómo puede ser esto? Pues gracias a la tecnología.
Véanlo así. En nuestro modelo actual, una librería, disquería o videoclub sólo puede contener una cantidad limitada de productos por razones de espacio. Y dado que la idea es deshacerse cuanto antes de las existencias para obtener ganancias, el sentido común dicta que se llenarán sólo de los títulos más vendidos, ignorando a esa inmensa mayoría de obras que han perdido la gracia de los caprichosos dioses de la moda.
¿Cuán grande es ese mundo inaccesible? Examinando la música, tiendas como Wal-Mart en EEUU (una especie de Falabella) sólo pueden albergar un máximo de 40.000 canciones en CD para mantenerse rentables… mientras que un servicio de música en línea como Rhapsody contiene más de 4 millones de canciones (¡y contando!).
Ahá. Basta recordar cuántas veces hemos preguntado por un disco, libro o película que nadie tiene para comprender de lo que nos estamos perdiendo.
Enigma Nº1
Esto respondió mi primer enigma: ¿por qué se invierte tanto dinero… pero sólo en ciertos artistas?
Por si no lo sabían, cuando un artista promedio firma para un sello puede darse latigazos de felicidad si obtiene un 7% de las ganancias. Así es. De los 8.000 pesos (17 USD) que puede costar un CD, sólo $560 (1.2 USD) retribuyen a quien lo crea. El resto -descontando gastos de producción y distribución- van al bolsillo de la discográfica.
(Con razón tantos artistas se rebelan contra ellas)
Consultados por esta tremenda disparidad, la RIAA estadounidense se justifica alegando que los artistas necesitan promoción para darse a conocer. Supongamos (supongamos) que es cierto. Después de todo -y de no ser por el marketing- jamás habríamos conocido talentos como Britney Spears o Enrique Iglesias.
El problema es que el dinero en publicidad no sólo se enfoca en que un artista venda más, sino también en homogeneizar los gustos del público. En otras palabras, que a todos nos guste el mismo cantante.
Suena orwelliano, pero en realidad es economía de escalas: en vez de producir 10 discos de princesas-pop diferentes para 10 melómanos diferentes, es más rentable que a los 10 nos guste sólo Britney Spears. Al producirlo en masa es más barato (para ellos) y al hacerlo escaso pueden venderlo más caro (a nosotros).
(En Cultura Libre, Lawrence Lessig lo apoya con un dato revelador, informando que entre 1999 y 2004 la cantidad de álbumes diferentes lanzados se redujo nada menos que en un 20%).
Pero es justo aquí donde entra la magia del mundo en línea, porque mientras la sucursal más grande de Blockbuster sólo te da acceso a unos 3.000 DVDs, Netflix permite a los estadounidenses escoger entre sus 90.000 títulos diferentes. Y mientras una librería típica sólo puede dar cobijo a unos 130.000 libros, Amazon ofrece un catálogo que superaba los 2.3 millones… en 2004.
Y aquí viene lo impresionante, porque para 2004, servicios como iTunes o Rhapsody ya obtenían hasta un 20% de sus ingresos de esta “larga cola” de canciones que (supuestamente) nadie quiere. Amazon es aún más notable: a la fecha del artículo, un 57% de sus ventas provenían de libros que no eran best-sellers.
Gracias al espacio de almacenamiento y público “infinitos” que ofrece la red, ya no reporta ventajas ser un éxito: si existe como producto, en Internet encontrará un comprador o una audiencia. Sólo pregúntenle a eBay.
Enigma Nº2
Okey, los servicios en línea reducen los costos de almacenamiento y venta de una canción, pero entonces… ¿por qué cuestan prácticamente lo mismo que un CD? (los 99 centavos de iTunes hacen los 15 USD de un álbum en EEUU).
¿No deberían caer los precios acorde a la nueva realidad?
Claro. Pero sólo si quieres aceptarla.
Si las discográficas ajustaran el costo de sus canciones en línea a su valor real -que Anderson estima en apenas 20 centavos- dañaría ferozmente a sus canales de ventas de CDs que, pese a su crisis, es de donde hoy obtienen la mayoría de sus ingresos.
(Es el mismo motivo por el que si vas a la tienda de Sony, no encontrarás sus productos más baratos que en Ripley o Falabella, los socios de venta de Sony).
¿Lo bueno? Que al menos la teoría augura un futuro esplendoroso.
Los actuales modelos de ventas de libros, discos y películas son un muro bajo el asedio de la tecnología, tanto por sus avances legales (servicios en línea) como ilegales (piratería).
Un muro que organizaciones como la RIAA o la MPAA están defendiendo con flechas ardiendo y aceite pero que está inexorablemente condenado a caer.
Según Anderson, a medida que más personas y empresas abracen la tecnología, los canales de venta digitales se impondrán a los tradicionales, ofreciendo un mundo no sólo más accesible -en precio y ubicuidad- sino también más diverso.

Los éxitos seguirán existiendo, pero serán los conductores para que -a través de recomendaciones de los propios usuarios- un comprador descubra un artista relacionado, un libro en cual está inspirado, o un ritmo totalmente diferente; los que gracias a la caída de los costos, será más fácil adquirir.
La pregunta no es si eso sucederá, sino en cuánto tiempo y cómo.
La respuesta la tenemos nosotros… y bueno, la asombrosa capacidad para arruinarlo de la industria.
Adivinen de cuál no dudo.
Les recomiendo leer el
artículo original (en inglés) de Chris Anderson. También pueden visitar
su bitácora dedicada a estudiar el mismo concepto.