weinerei2002 | Flickr

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Nunca había sufrido un ataque de pánico. Eso era “cosa de minas”.

Empezó como una extraña sensación de incomodidad, que me obligó a despedirme repentinamente de mi amigo y su familia. Mientras apuraba el paso para llegar al Metro, creció hasta convertirse en angustia, como una asfixiante necesidad de ocultarme de algo para lo cual no había escondite.

En vez de ampararme, el encierro aumentó mi desesperación. Consumido por una desolación inexplicable, sólo atiné a hundirme en el asiento mientras apretaba los puños, rogando llegar pronto a casa. Rogando poder contener las lágrimas…

Hace tiempo sentía que algo marchaba terriblemente mal en mi vida.

Aquello fue la señal de que había hecho metástasis.

En realidad yo me lo había buscado. A menos de un año de haber llegado a Santiago, el estrés, la falta de sueño, la mala alimentación, la soledad, mi adicción al trabajo -como webmaster, diseñador, periodista, activista y blogger, todo a la vez- más una serie de pésimas decisiones personales, comenzaban a pasarme la cuenta.

¿Y quién sabe? Quizá aquel tren pudo seguir su marcha, de no ser porque el mismo ritmo desbocado me llevó a quebrar mi relación con la mujer que amaba desde hacía 12 años. La chica con la que crecí, descubrí el sexo, capeamos la muerte de su madre, la destrucción de su familia, las penurias económicas y -aún así- nos las ingeniamos para ser felices.

Ella era mi línea Maginot.

Sí. Perderla había sido más de lo que podía soportar. Y desde que se hizo obvio que había comenzado a salir con otra persona -un compañero en su carrera de arquitectura- el calor estival de Santiago se había convertido en mi propio y personal infierno.

Por eso, cuando cayó enero de 2006 entendí que tenía que hacer algo o me volvería loco. Debía jugar mi última carta y, durante mi desvelo, decidí que viajaría a Concepción a hablar por última vez con ella. Lo haría un día de semana, para demostrarle que el trabajo jamás sería más importante.

Ese lunes había resuelto comprar los pasajes cuando ella hizo una inesperada aparición en mi ventana de Messenger. Casi nunca se conectaba.

Christian, qué bueno que te encuentro -escribió- tenía que contarte algo…

Durante un segundo, mi imaginación me hizo suponer que se había dado cuenta. Que todo había sido un error. Que me extrañaba. Que quería volver a estar conmigo. Que me deseaba salvajemente…

Me voy a Aysén.

Por fortuna no usamos webcam, o habría visto como mi rostro se desencajaba. ¿A Aysén? ¿De qué demonios estaba hablando?

¿Recuerdas que hace tiempo te conté sobre una práctica a la que postulé para construir una iglesia al sur de Chaitén? Pues bueno, me llamaron y debo partir hoy mismo. Me quedaré 2 meses y no quería que te preocuparas porque…

La noticia me golpeó como un mazo. ¡2 Meses! Si nuestra relación ya estaba en punto muerto, esto barría mi última chance para resucitarla. Todos mis planes se vieron súbitamente destrozados.

Por un momento sentí que los ojos se me humedecían y luego, de alguna forma, decidí que no me dejaría vencer. Todo obstáculo puede ser también una oportunidad. ¿Acaso ella no había añorado siempre que le demostrara mi amor con una locura? Entonces estaba claro: la seguiría hasta Aysén.

Donde sea que ella fuera, allá iría yo.

No tenía la menor idea en lo que me estaba metiendo…

(Continúa en la Parte 2…)