28|abr|2008
La radio y la TV son de todos
Una conversación con don M. el otro día, me hizo caer en la cuenta de un interesante concepto que no había oído antes ni siquiera en la escuela de periodismo.
Verán. Contrario a lo que sucede con los diarios e Internet donde el espacio para abrir nuevos medios es -en teoría- ilimitado, las estaciones de radio y los canales de televisión están restringidos por el espeluznante espectro electromagnético.
Esto quiere decir que si en una ciudad sólo hay 20 radioemisoras, no es porque nadie quiera abrir más estaciones… sino porque simplemente no caben en el dial. Algo similar pasa con la televisión abierta.
Y ya que ese espacio de ondas etéreas es un recurso tan escaso como cotizado al que -otra vez en teoría- todos los chilenos tenemos derecho como si del mar se tratáse, el Estado entrega su administración a terceros como se haría con cualquier otro bien público. Esto es el sistema de concesiones.
¿Dónde vamos con esto? Pues a que las radios y canales de TV nos pertenecen a todos. Claro, el micrófono y las cámaras serán propiedad de Edwards, Mosciatti, Saieh o Tatán Piñera, pero el canal -la frecuencia de transmisión- es un bien público, y lo que se difunda o no a través de ella debe respetar siempre esa premisa.
Pero la pregunta es entonces, ¿con qué derecho estaciones como Canal 13 ó Megavisión se oponen a apoyar las campañas contra el SIDA que ha delineado el Ministerio de Salud, argumentando razones “valóricas”?
O yendo algo más lejos, ¿cómo empresas del propio Estado que cumplen un rol informativo se niegan a difundir una campaña como Patagonia sin Represas, escudándose en que es “controversial”?
Hagan la analogía. ¿Qué sucedería si el administrador de una autopista concesionada -otro bien público- se negara a permitir el paso de un camión con preservativos porque su “lineamiento valórico” se lo impide?
Seguro la PLR no se la despinta nadie. ¿Pero por qué no se vela de igual forma por el interés general en los medios de comunicación?
La respuesta: porque como lectores, auditores, televidentes o usuarios, nos hemos mal acostumbrado. Nos habituamos a una oferta informativa con juegos de palabras, incoherencias, omisiones y un evidente sobrepeso del dinero.
Nos acostumbramos a las tergiversaciones de Emol, a La Nación y sus portadas vergonzosas, o al insulto a la inteligencia del diario El Sur. A los noticieros apocalípticos de Chilevisión o Mega. A que los medios nacionales ignoren a las regiones sólo porque no les son económicamente rentables.
Asumimos como natural que en vez de medios como instrumentos de servicio público, tenemos medios que se sirven del público como instrumento de poder. Canales donde la idea no es informar, sino influir. Donde son ellos -no nosotros- quienes deciden qué debemos saber o no… y en qué forma.
Pero lo más increíble es que esta actitud sea la regla, no la excepción.
Ahora, actualmente Internet y las redes sociales nos están dando la posibilidad de contraatacar, de responder, de incidir en la pauta informativa (como sucedió con el acuerdo Gobierno-Microsoft), de abrirnos espacios que antes se restringían exclusivamente a una selecta carta al director.
Sin embargo estos espacios son inútiles si no los aprovechamos. Es nuestra responsabilidad como ciudadanos el consumo crítico de información. El exigir que nuestros medios cumplan su rol de servicio público con denuncias e investigación, con noticias reales… no con farándula o historias de fantasmas.
En primer año de periodismo se nos enseña a diferenciar un medio de comunicación -como el teléfono, el cable o Internet- de un medio de comunicación social, como los diarios, una estación de radio o de TV. Es decir, separar un servicio comercial de un servicio de interés general.
La responsabilidad de que esa división se cumpla -de que los medios realmente nos representen- es nuestra. Y es hora de asumirla como tal.
Seguro la mayoría de ustedes recordará el infame domicilio digital, uno de los puntos más polémicos del acuerdo entre el Ministerio de Economía y Microsoft que, 




















