
Antes que todo permítanme aclarar que no disfruto esto. Al contrario: tanta estupidez junta me pone del mismo humor que ver un maratón de 24 horas contínuas de Jackass, con la diferencia de que entonces, algo podría reírme.
Dicho esto, será mi último artículo al respecto.
(Por lo menos este año).
La bitácora de Andrés Pumarino me hizo reparar en el primer aniversario de tramitación de otro proyecto de ley relativo a tecnología (sí, el 3º), esta vez sobre regulación de violencia en los videojuegos y bajo el boletín 5579-03.
Reconozcamos que la idea no es mala. Hace tiempo viene siendo absurdo que un chico de 8 años no pueda ver la última cinta de James Bond por ser para mayores de 14, pero no tenga problemas para apalear a un policía o violar prostitutas en Grand Theft Auto.
Y si bien no entiendo la necesidad de crear una nueva clasificación toda vez que cada videojuego importado en Chile ya está evaluado por la ESRB estadounidense o la PEGI europea, ni comparto que esta disposición cubra el 50% de la carátula cual revista pornográfica, okey… dejémoslo en tablas.
Lo que realmente enerva del proyecto es la exigencia de que cada consola de videojuegos en venta en Chile, independiente de la edad del comprador, disponga de control parental.
¿En verdad nuestros honorables -esta vez de la UDI- piensan que Nintendo pondrá esta función en su exitosa DS sólo porque nuestro país así lo exige?
¿Y qué hay de las consolas de 2º mano como la PSone, Gameboy, GameCube o Xbox? ¿Y los clones populares del NES? ¿Van a confiscarlos como exige su ley?
Y aunque así fuera… ¿realmente esto cambiaría algo? ¿cuánta gente utiliza las funciones de control parental actualmente disponibles?
*Sigh*
En fin. No me voy a desgastar contra este nuevo proyecto. De eso ya se encargó Carlos Riquelme, la comunidad gamer y, con más peso aún, los importadores, pero esta caída es la prueba final de la torpeza surrealista que tienen nuestras autoridades a la hora de implementar o legislar sobre tecnología.
Y aquí quería llegar.
Diputados que leen los proyectos a la carrera en sus BlackBerrys. Parlamentarios que hacen la ola junto a sus colegas “artistas” en las gradas. Senadores que sabotean proyectos tan urgentes como la calidad mínima garantizada en los proveedores de Internet. Ministros cuyo acervo tecnológico proviene de los folletos publicitarios que les dejan las empresas.
Y por supuesto, honorables que no les interesa escuchar a la ciudadanía, o que dejan a los lobistas redactar sus propios proyectos para entonces darnos explicaciones idiotas, revelar su desconocimiento en lo que firman o insistir en procedimientos impracticables.
Sobre el retiro del infame proyecto de ley de desconexión de usuarios o el posterior comunicado que el abogado redactor nos envío, tampoco voy a extenderme pues Claudio ya lo hizo de una forma que me interpreta. Menos creo necesario entrar en una espiral de desmentidos: nuestro jurista cometió un error que ya le está acarreando consecuencias y, si está leyendo este párrafo, sabe a lo que me refiero.
(Esto no es algo personal. Lamento su situación y por ello no deseo agravarla).
Al final del día, quizá lo único rescatable de esta tragicomedia legislativa es lo que Victor San Juan comentaba en un diario: que la rabia, la impotencia, la vergüenza incluso, les está llevando a muchos de ustedes a reaccionar y a que decidan no sólo inscribirse para votar, sino hacerlo de forma consciente.
A entender que darse la vuelta y decir que no están ni ahí con la política es dejar abierta la puerta a estas alimañas -de todas las bancadas- para que hoy nos gobiernen. A permitir que nos falten el respeto, que nos agarren para el hueveo y que nos sigan viendo como estadísticas a repartir (o ignorar) durante las próximas elecciones, porque saben que nos quedaremos callados.
Lo que sucedió es una señal de que podemos.
Al menos yo estoy harto.
¿Ustedes?…
Aunque… debo reconocer que me reí con eso de que la frase “morir es vivir” de los monjes en Resident Evil 4 promueven conductas suicidas…