09|mar|2010
Toque de queda
Caminar de noche por una ciudad con toque de queda es una sensación extraña. Caminar por una que además es tu ciudad tras ser devastada por un terremoto, es más extraño aún.
Cuando era niño allá en los 80, los toques de queda eran cosas malas. Separaban a los padres de los hijos y, pese a ser muy pequeño, de alguna forma sabía que cuando las puertas se cerraban, cosas horrendas sucedían allá afuera. Cosas que me hacían tener pesadillas.
Curiosamente, ahora los toques de queda son la única forma que tenemos para dormir en paz. Las patrullas militares resguardan esquina por medio, garantizando que los saqueadores no volverán a hacer de las suyas y dándole a Concepción cierto aire de combate urbano que ya se lo querría una secuela de Splinter Cell o Metal Gear Solid.
Caminar por una ciudad caída y en toque de queda es tétrico. Tiene un aire fantasmagórico recorrer a las 21 horas calles que sólo un par de semanas atrás eran vías vibrantes, ahora sólo capaces de reverberar mis propios pasos.
Sin embargo también me hace pensar que al igual como cuando al retirar la decoración de un local comercial muchas veces se descubren los letreros o señas de sus primeros dueños, Concepción también ha dejado ver sus inicios como pueblo, con sus calles oscuras que perfilan la luna sobre el cerro Caracol y unas estrellas tan profusas como nunca pudieron verse mientras las luces de la ciudad brillaban sobre el horizonte.
Sólo espero no tener tiempo de acostumbrarme.
Concepción. 21 horas. El camino que elegí no fue por gusto, sino el único disponible para llegar a casa evitando las zonas en peligro de derrumbe.
(Y sí, por supuesto que tenía salvoconducto).




















