11|sep|2010
La Paloma
Fue un día, mientras hacía sus cosas como cualquier otro día. Estaba hincada, arrodillada frente a la estufa de la casa, removiendo los tizones para tratar de avivar las llamas. Fue entonces cuando al pasar junto a ella la escuché, de forma casi imperceptible, como en un murmullo acongojado, cantar.
¿Les ha sucedido que un día se sorprenden a sí mismos cantando? No me refiero a tararear la última canción de moda, ni sus favoritas de siempre, ni tampoco el CD que venían escuchando en el auto. Me refiero a ese canto inconsciente que surge sin darnos cuenta, a veces de una melodía que no escuchábamos hace años y que incluso estando en otro idioma, representa de forma fantasmal nuestros sentimientos cuando no se pueden reprimir.
Y nunca había sabido lo que significaba esa canción en específico. Claro, la había escuchado desde que era niño y, aunque ya casi no tiene espacio en el aire, la recordaba perfectamente… pero sus versos contradictorios casi al punto del ridículo encerraron desde siempre para mí una incógnita.
Sonaba extraña. ¿Por qué un pájaro iba a equivocarse tanto y tan repetidamente? Pese a su lejana popularidad, el poema de Rafael Alberti seguía siendo tan ajeno para mí como en un principio.
Internet no alberga muchos datos sobre sus interpretaciones. Se le podría atribuir a la melancolía de la postguerra española en que fue compuesto, mientras Alberti se cobijaba bajo el techo de Neruda en París antes de huir a Argentina, donde fue musicalizado por Carlos Guastavino para -curiosamente- volar de regreso a su patria en la voz de Joan Manuel Serrat.
Pero no. Yo la comprendí esa noche, mientras la veía de rodillas ante las brasas extinguidas.
Comprendí que a veces, eres ignorante de que estás cometiendo una gran equivocación. Una equivocación que se incuba silenciosa y crece, como un alud de lodo, año tras año y década tras década, hasta que un día te sepulta en vida.
Una equivocación tan grande que transtorna tu mundo, al punto de que pierdes la certeza de todo. Que te hace dudar hasta de las cosas más elementales y cuestionarte si toda tu existencia no fue, a sacar de cuentas, una gran equivocación.
Eso lo supe aquella noche, mientras la veía esforzarse por revolver las cenizas en busca de una llama. Con sus ojos fijos y tristes. Con su voz cansada. Cantando.
Fuerza, Mamá.




















