Lo sé. Tardar casi tres meses en terminar un libro de 60 páginas suena a literacidad de párvulo, pero fue en realidad una mezcla de modorra y dejación lo que confabuló para que – recién ayer – terminara una de las últimas recopilaciones de Le Monde Diplomatique, editada bajo el nombre de “La Nueva Comunicación“.
Y no es que el tema me aburriera. Como siempre, el semanario francés entrega esa pasmosa visión alternativa de los fenómenos sociales que pasa(n) desapercibida en otros medios… sobre todo si analiza nada menos que la relación entre empresa, periodismo, público y tecnologías, bajo tutela de verdaderas luminarias en la materia.
Nope. Difícilmente podría quejarme sobre el trasfondo de los ocho artículos redactados, entre otros, por Manuel Castells (La era de la información), Ignacio Ramonet (dueño de casa), Armand Mattelart (Para leer al Pato Donald), Dan Schiller (Capitalismo Digital) o el siempre ameno Francis Pisani.
Lo que me extrañó es que, siendo un libro recién publicado, casi todos sus ensayos sean de 2004 ó 2003… máxime cuando en nuevas tecnologías, tres años son una eternidad. De ahí que el olor a naftalina de leer sobre la “reciente” compra de Blogger por Google o el “reciente” escándalo de WorldCom no lo quite ni Emmet Brown.
Pero exceptuando estas consideraciones históricas, “La Nueva Comunicación” está lleno de datos interesantes (e incluso sorprendentes) que – tal como en la biografía de Bill Gates – paso a compartir con ustedes:

En “La Nueva Comunicación“, Castells inventa (aún otro) nuevo término: los Mass Self Communication, formas de comunicación que – aunque masivas – se producen y perciben individualmente. Como supondrán, esto incluye a los blogs y las redes de telefonía móvil, que con sus SMS se están haciendo populares a la hora de derrocar monarcas o presidentes.
Además, el catalán cuenta que la TV estadounidense es aún más efectiva que la propaganda norcoreana cuando se trata de lavar cerebros. Esto porque en 2003 un 60% de los estadounidenses – y 80% de quienes veían Fox News – creían al menos una de las siguientes mentiras: 1) Que se hallaron armas de destrucción masiva en Irak 2) Que existían pruebas de una alianza Hussein-Al Qaeda 3) Que el mundo apoyó la invasión estadounidense al Golfo Pérsico.
Así cualquiera…

En “Controlar Internet” y “El nuevo orden Internet“, Ramonet analiza la Primera Cumbre de la Sociedad de la Información de Ginebra, con miras a la segunda desarrollada en Túnez, en 2005.
Lo interesante es cómo de ambas NO se obtuvo avances sociales importantes, pues se negó la creación de un fondo internacional para superar la brecha digital, se evitó exhortar a las naciones que imponen restricciones sobre la comunicación en aras de la manoseada “seguridad nacional” (léase China y EE.UU.) y claro, la ICANN – entidad regidora de Internet – continúa en manos norteamericanas.
En “Internet: atascados en la Red“, Pascal Lardellier cuenta que el ciberespacio es el medio ideal para desenmascarar mentiras… pero también para difundirlas. Ese fue el caso de Thierry Meyssan, quien aprovechó la red para publicitar un imaginativo libro donde aseguraba que fue un misil lo que estalló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001.
En el mismo tema, un joven desconocido llamado Dylan Avery, editó en su casa con un presupuesto de apenas 2000 dólares, un documental tan espectacular apoyando las teorías confabulatorias del 11/S, que fue capaz de remecer a los usuarios… ¿pero tenía realmente una base científica a la cual aludir? Poco importa.

Sobre “El derecho social a la Información” de Mattelart, pesa un argumento magistral: ¿Por qué las cumbres internacionales sobre la sociedad de la información son convocadas por organismos técnicos como la UIT o comerciales como la OMC? Pues porque el contenido sólo importa como mercancía, y los canales de transmisión como servicios que pueden ser rentabilizados.
Por ello, la UNESCO prefiere cambiar “sociedad de la información” por “sociedades del conocimiento“, no sólo para respetar la diversidad, sino para mantener en claro que la cultura y la educación que transmiten las redes no pueden ser mercantilizadas (¿ven? en ocasiones la semántica es importante).
En “El mundo según Google” de Pierre Lazuly, se comenta que Google hizo un excelente trabajo superando a sus rivales con su modelo de “selección democrática” de sitios Web, donde los documentos más visitados se consideran más útiles.
Sin embargo (y paradojalmente), éste también conlleva una “dictadura” de los usuarios más influyentes de la red – sobre todo los blogueros – quienes terminan decidiendo con sus vínculos cuáles argumentos se consideran más importantes e incluso, cuáles verdaderos.
No en vano hay tanta empresa cortejando las bitácoras influyentes.

En “La locura de los Weblogs invade Internet“, Francis Pisani destaca el crecimiento explosivo que estos Mass Self Communication (ejem) están teniendo, pero no desde la trillada perspectiva mamona de que van a cambiar el mundo, encontrar la cura contra el cáncer y reunir a Abba al mismo tiempo, sino poniéndolos en su lugar.
Así, el autor entusiasma con las perspectivas, pero también recuerda que los blogueros aún representan una fracción muy pequeña de usuarios, que sólo un 4% del público los considera a la hora de buscar informaciones o que están llenos de imprecisiones, lo que hace difícil reportarles ganancias por sus escritos.
(Y yo que estoy tratando de encontrar auspiciadores… debería matar a este sujeto).

Finalmente, en “Los fracasos de una revolución“, Schiller repasa las razones de por qué una industria que parece tan floreciente como la de las telecomunicaciones, está pasando aprietos para mantenerse a flote.
¿La respuesta? Liberalización excesiva y una exageración desmesurada de la demanda con el fin de alimentar los apetitos bursátiles, han provocado que incluso a grandes como Deutsche Telekom, France Telecom o NTT DoCoMo se les acabe la tinta del lápiz rojo cuando sacan cuentas.
Y es probable que por eso, mercados como el nuestro viven siempre al borde de la saturación: los proveedores no sólo evitan al máximo realizar nuevas inversiones para maximizar sus ingresos, sino que mantienen una plana inestable de trabajadores, muchas veces sin preparación adecuada (¿les suena a soporte telefónico?…)
¿Mi veredicto? Excelente libro de reflexión, un poco denso a ratos y con muchas cifras anticuadas pero, puesto en contexto, es la base ideal para comprender el estado actual de las tecnologías de la información y la comunicación (por otro lado, ¿qué más podrían pedir por $2500?).
Siguiente lectura: La mujer desnuda, de Desmond Morris.
Fijo que este lo termino rapidito…