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Archive for Personal

Locuras hermosas

Nos conocimos hace ya casi 2 años. Ella es de Los Ángeles y trabaja en Radio Agricultura. Yo soy de Concepción y trabajo en Radio Bío-Bío. Ella seduce a los auditores con su cálida voz en el programa “El micrófono abierto”, mientras yo muevo bits por los oscuros recovecos de la red en www.radiobiobio.cl

Aún así, nos encontramos cuando más nos necesitábamos: cuando estuvimos extraviados. Aprendimos a querernos, perdonarnos y a hacernos indispensables. A amarnos.

Gracias a ella pude lograr viajar a España, pero aún más importante: gracias a ella regresé del abismo en que me encontraba.

Durante toda mi vida me esforcé por vencer mi timidez a hablar en público y -creo- que finalmente toda aquella preparación fue para esto. Aunque claro, de todas formas acabé olvidando todo el libreto…

No tiene importancia. Lo único que importaba era preguntárselo.

Y lo hice.

(Aún no sé cómo, ¡pero lo hice!)

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Desde aquí, esperanza…

Esperanza | Marcelo Sáez

La foto es de Marcelo Sáez. Nos fue enviada a Radio Bío-Bío el mismo día que se restablecieron las comunicaciones en Concepción y la emoción que refleja me provoca un nudo en la garganta cada vez que la veo.

Pueden ver más en esta galería.

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Gracias

Después del terremoto, muchas personas no volvieron a descansar e incluso postergaron a sus familias en pos del bien común. Bomberos, Carabineros y la PDI hicieron un trabajo impagable, con los pocos recursos -humanos, técnicos y de combustible- que poseían, tratando de salvar vidas o de restaurar el orden.

En La Radio también nos esforzamos en cumplir nuestra parte, con algunos ejemplos que tendrán siempre mi admiración. El control radial, al que el terremoto sorprendió solo en el edificio, se mantuvo en su puesto durante 25 horas hasta que alguien pudo reemplazarlo, sin conocer en qué estado se encontraba su casa.

Una colega cruzó 3 comunas para ser la primera en llegar al locutorio, llevando consigo a su madre y su pequeña hija (que cuando llegué, dormía acurrucada en una silla tapada con una chaqueta). Otro colega, quien perdió su departamento tras el sismo, trabajó 4 días seguidos durmiendo por ratos en una de las oficinas.

Otro más, caminó esa mañana desde su casa por una ruta cortada al tránsito para llegar hasta los estudios. 25 kilómetros.

Todos aportamos a este gran esfuerzo colectivo. Fue un momento donde la sintonía, los avisos o los cargos perdieron toda importancia y cada uno se puso a disposición de los demás; tomando un turno tras otro, clasificando medicamentos, acarreando agua o lo que fuera necesario.

Entre tanta tragedia e incertidumbre hacia el futuro, la única recompensa era el agradecimiento de la gente. Por eso, al igual que con las tarjetas o la comida que nos regalaban, me sonreí cuando dijeron en Facebook que le darían “un aplauso masivo a La Radio”.

Nunca pensé que lo cumplirían.

(Gracias a Iván por avisarme del video)

Creo que don Nibaldo -el fundador de La Radio- habría estado orgulloso de escuchar las estrofas que él mismo escribió coreadas por las voces de su gente. De nuestra gente. Como yo lo estoy de haber sido una pequeña parte de eso.

En el futuro, Concepción será recordada por albergar extraños fenómenos sociales. Tan curiosos como la (ahora irónica) falsa alerta de tsunami de 2005, tan repudiables como los saqueos a gran escala… y tan inverosímiles como el cariño de su gente por un medio de comunicación.

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Toque de queda

Caminar de noche por una ciudad con toque de queda es una sensación extraña. Caminar por una que además es tu ciudad tras ser devastada por un terremoto, es más extraño aún.

Cuando era niño allá en los 80, los toques de queda eran cosas malas. Separaban a los padres de los hijos y, pese a ser muy pequeño, de alguna forma sabía que cuando las puertas se cerraban, cosas horrendas sucedían allá afuera. Cosas que me hacían tener pesadillas.

Curiosamente, ahora los toques de queda son la única forma que tenemos para dormir en paz. Las patrullas militares resguardan esquina por medio, garantizando que los saqueadores no volverán a hacer de las suyas y dándole a Concepción cierto aire de combate urbano que ya se lo querría una secuela de Splinter Cell o Metal Gear Solid.

Caminar por una ciudad caída y en toque de queda es tétrico. Tiene un aire fantasmagórico recorrer a las 21 horas calles que sólo un par de semanas atrás eran vías vibrantes, ahora sólo capaces de reverberar mis propios pasos.

Sin embargo también me hace pensar que al igual como cuando al retirar la decoración de un local comercial muchas veces se descubren los letreros o señas de sus primeros dueños, Concepción también ha dejado ver sus inicios como pueblo, con sus calles oscuras que perfilan la luna sobre el cerro Caracol y unas estrellas tan profusas como nunca pudieron verse mientras las luces de la ciudad brillaban sobre el horizonte.

Sólo espero no tener tiempo de acostumbrarme.

Concepción. 21 horas. El camino que elegí no fue por gusto, sino el único disponible para llegar a casa evitando las zonas en peligro de derrumbe.

(Y sí, por supuesto que tenía salvoconducto).

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Del cielo a la tierra

A poco más de una semana del terremoto, resulta casi imposible pensar en una forma de contarles cómo mi vida y la de todos quienes me rodean ha cambiado de forma irreversible.

Mi ciudad está devastada. No hay cuadra en la que no se haya derrumbado una construcción, una fachada o cuando menos esté salpicada de escombros que cayeron desde las cornisas y ventanas. La mitad de los vecindarios continúan a oscuras y sólo algunos han recuperado el agua potable. Del gas, ni hablar.

El supermercado o el restaurante chino donde a diario comprábamos el almuerzo ya no existen. Los que resistieron fueron arrasados por los saqueadores, quienes no sólo acabaron con lo que el sismo dejó en pie, sino también con el poco temple que a la gente le quedó tras aquella madrugada de terror.

Al menos 6 edificios de altura respetable amenazan con venirse abajo en la proxima réplica. El flamante Alto Río no tuvo tanta suerte: se partió en dos y sus fauces de concreto atraparon a casi un centenar de personas que dormían junto a sus familias. El cuerpo de una de ellas todavía no es encontrado.

Sobre el río Bío-Bío y descontando el ferroviario, sólo 1 de los 3 viaductos que lo cruzaban sigue en pie, aunque con daños y con una sola de sus cuatro pistas habilitada mediante el apoyo de un puente mecano. Cruzar la frontera de Arauco volvió a ser algo tan engorroso como en tiempos de la colonia.

Así y todo creo que en Concepción la sacamos barata. Nuestro puerto hermano, Talcahuano, quedó inutilizado, donde el maremoto inundó poblaciones enteras e incluso arrojó barcos en las calles, como una feroz advertencia de que en este mundo es la naturaleza la que manda.

En Lebu, el amplio río que dio trabajo durante siglos a los pescadores se secó. La casa de Violeta Parra en San Carlos y de Arturo Prat en Ninhue sufrieron daños rayanos en la demolición. La Intendencia -otrora estación de trenes- no tiene vuelta y se estudia si es posible rescatar el mural de Gregorio de la Fuente que ilustra nuestra historia.

Dichato, Llico y otras bellas localidades costeras fueron barridas del mapa.

Muchas personas -incluyendo la hermana de una querida amiga- murieron. Algunas cayeron bajo los escombros. Otras, arrastradas por el mar. Quizá nunca sepamos con exactitud cuántas.

Pero frente a tanta destrucción, frente a un cambio del eje de mi mundo del que no era necesario que la NASA me alertara, mi corazón se apaña en una extraña mezcla de sentimientos.

Por un lado siento un dolor enorme por las pérdidas. Por ver los mismos lugares que acompañaron mi infancia arrumbados, acordonados y resguardados por militares. Por lidiar cada día con la angustia de cientos de personas que llegan hasta nosotros para decirnos que no tienen comida, agua ni medicamentos, o que aún no conocen el paradero de algún familiar.

Por otro, siento una rabia enorme. Porque día a día, afloran cada vez más evidencias de que esta tragedia tuvo muertes y daños innecesarios, evitables, si sólo se hubiera actuado con previsión, con rapidez o tan siquiera con competencia.

Siendo de izquierda, puedo decir responsablemente que el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet cargará por siempre con la culpa de abandonarnos en la necesidad, con el mezquino fin de resguardar su capital político. Es algo que muchos penquistas jamás olvidaremos.

(Pero ya llegará el momento de ahondar en ello).

Porque por sobre todas las cosas, siento un orgullo y un agradecimiento enorme. Un cariño como nunca lo sentí por Bomberos, por Carabineros, por los funcionarios de la PDI y por las Fuerzas Armadas, muchos de los cuales pasaron hasta 3 días sin dormir, sin ver (o incluso saber) de sus familias, en resguardo de la salud y la seguridad de la gente.

Curiosamente, tuvieron que pasar 37 años para que tener nuevamente al Ejército en las calles diera fin al estigma de las Fuerzas Armadas y los convirtiera -para nosotros- en un símbolo de esperanza.

Un agradecimiento impagable por quienes nos han enviado su ayuda. Por los camiones que llegaron desde Atacama a Tomé, o desde Punta Arenas a Coronel y Lota. Por las ambulancias del SAMU de Puerto Montt que recorrieron nuestras calles o por el regimiento de Osorno que recuperó el control de Arauco. Para ellos simplemente… gracias.

Y claro, la mayor admiración es por mis colegas. Por quienes lo dejaron todo para estar ahí, comunicando a la gente o dándoles una palabra de tranquilidad. Por quienes se mantuvieron frente a los micrófonos pese a haber perdido sus casas, a no haber dormido o a desconocer el paradero de sus hijos. Quienes lograron lo que la autoridad no pudo: decir con firmeza que saldremos adelante.

Los finales son un nuevo inicio. Concepción volverá a ponerse en pie.

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