09|nov|2010
Cuando los políticos eran inteligentes
Tiempo atrás, leí un libro de Enrique Lafourcade que llevaba ese título. Su premisa era simple: los políticos siempre han sido patacheros, carreteros, interesados (cuando no corruptos) y chambones, sin embargo existe un pequeño detalle que separa a los estadistas de siglos pasados de nuestros actuales… bueno, de esos sujetos que se sientan en el Congreso.
Es que los políticos de antes eran inteligentes.
O mejor dicho astutos. Sagaces. Lo suficientemente hábiles para que no notaras que te estaban cagando o incluso, si te percatabas, sentir que te la habían hecho en buena lid. De esas en que asumes con hidalguía que, ante un intelecto superior, merecías que te cagaran.
Pero esas son épocas pretéritas. Ahora nuestros políticos ni siquiera se molestan en tratar de engañarte. Desde luego los tiempos son más sencillos: si te pillan robando, simplemente lo devuelves. Si te destituyen, te postulas a otro cargo. Si no tienes idea de cómo lograste llegar al Congreso, te metes a la Comisión de Ciencia y Tecnología. Cosas así.
Y para muestra, un botón.
La semana pasada, recibimos en @biobio una foto denuncia sobre cómo en la comuna de San Pedro de la Paz, comenzaban a levantarse 4 pilares metálicos alrededor del monumento al pueblo mapuche denominado Rucapillán.
Se trata de una receta conocida: anuncias que vas a restaurar una edificación pública y, durante el lapso que dure, forras la estructura con avisos comerciales. Si alguien alega, dices que la publicidad es la que financia el proceso, aunque durante meses los vecinos no vean un solo maestro cerca acarreando una brocha, como sucedió durante los eternos 6 meses de “restauración” que tomó pintar uno de los monumentos que da la bienvenida a Talcahuano.
Por supuesto y a sabiendas de esto, alguien puso el grito en el cielo y nos mandó las fotos, advirtiendo que se iba a poner publicidad sobre un memorial cuya temática, además, resultaba sensible para una buena parte de la población (sin mencionar su cercanía a las pantallas -supuestamente utilitarias- que viven pasando réclames).
Ante el revuelo, el Municipio sampedrino nos envió un comunicado que trashumaba molestia, desmintiendo los fines publicitarios de los pilares, asegurando que se usaría en “propaganda para establecer la restauración del patrimonio cultural” e incluso reprochando que no se usaran los canales de comunicación edilicios para evitar lo que denominaba, “interpretaciones erróneas”.
Bueno, para evitarlo, lo reprodujimos íntegro al pie de la nota.
Sin embargo, este lunes recibimos nuevas imágenes destacando que, en efecto, el monumento había amanecido forrado en avisos no de la renovación, sino del proceso de admisión de una conocida casa de estudios local (cuyas iniciales empiezan con Universidad de Concepción) y donde, ciertamente, no se aprecia a ningún restaurador.
Otra vez, y con justa razón, las fotos desataron la ira de muchos vecinos de San Pedro.
Pero a mí, lo que en verdad me llama la atención es la torpeza del proceso.
Alcalde… si el avisaje efectivamente financia la restauración, ¿por qué no lucirlo en el cartel? Más aún, si éste es de la Universidad de Concepción, ¿por qué no se conseguió algún director de arte o antropólogo (de preferencia mujer, y mejor aún, rica) que sonriera en él bendiciendo el proceso? Y si todo está dentro de los planes, ¿por qué no transparentarlo presentando las fechas de inicio y entrega sobre el condón publicitario?
Ni siquiera es requisito que sea cierto. Fínjalo. Aparéntelo. Hágamelo creer. En resumen, al menos haga el esfuerzo de insultar mis capacidades: no asuma que no es necesario.
Pero esas son prácticas arcaicas.
Resabios de cuando los políticos eran inteligentes.
Por cierto, ¿les mencioné que una funcionaria del mismo municipio señaló que había pocas posibilidades de instalar un semáforo frente a un concurrido colegio porque aún no moría ningún niño?
Señor… recógelos esta noche.





















